Los que me conocen saben bien que
no salgo a la calle por nimiedades, ni me manifiesto en vano. Para que defienda
una causa me tiene que parecer justa, y aunque no lo crea mataré para que la
puedas expresar. Pero rara vez me pondría en primera línea de fuego, dispuesta
a recibir palos y con la cabeza bien alta. Excepto que los involucrados sean
una mujer a la que obliguen a subyugarse o un libro. Y con un libro me refiero
a todos y cada uno de los que conforman la gran herencia que tenemos la suerte,
y es mucha, de recibir. Me refiero desde la literatura ‘hermana’ sudamericana hasta nuestro mejor icono: Cervantes. Desde la
fantasía hasta el realismo ruso, o el mágico. Desde Poe hasta Verlaine.
Haciendo parada en cada uno de los escalones que nos ofrece. Y en Harry Potter,
que para algo me gusta. Hoy no es 23 de Abril, y por eso quiero manifestarme en
completa defensa de los libros.
A la gente que nos gusta leer no
necesitamos un día especial para hacerlo. Tampoco queremos que se nos reconozca
de ninguna manera especial. No queremos ser salvadores de nadie porque
comprendemos que es imposible conocer la verdad y que un buen día lo que creías
cierto puede eliminarse. A la gente que nos gusta leer normalmente nos suele
gustar la filosofía y la historia, y por ello tenemos una visión precavida
sobre el mundo en general. Y no quiero quedar como prepotente porque también
sabemos que leer no nos pone en una situación más feliz. La gente que leemos
sabemos cuando algo está acabado y lo terminamos, aunque duela, porque estamos
acostumbrados a la dura sensación de cerrar la tapa de un libro. Conocemos lo
que es el desamor, aunque no lo hayamos vivido, y también hemos sentido morir a
un amigo cuando nuestro personaje favorito lo hace. Para una persona que lee no
hay viaje aburrido ni problema que le supere. Somos capaces de reconocer un rastro
de nuestro libro especial en cualquier situación. Queremos vivir nuestra propia
historia y al no encontrarla pedimos refugio en otro libro nuevo. Con ese olor.
La libertad como concepto bien
vale de poco si el pueblo no es libre. Un pueblo que lee jamás será sometido
porque conoce la sensación de libertad. La ha leído. No conviene que leamos,
las personas que lo hacemos somos gente molesta y extraña que se pregunta
demasiado. Leí hace cuatro años que ‘rebeldía es leer’, y fue curioso porque
jamás pensé que esa frase podía ser utilizada en mi persona. Y sin embargo, estaba leyendo… Puede que me
repita, pero en ese momento yo era un individuo y era libre.
Y por eso me manifiesto, porque
no quiero que me quiten esa sensación jamás. Porque quiero seguir siendo una
rebelde y porque quiero que el mundo sea un lugar un poco más bonito. Y eso
sucede cada vez que un niño abre un libro por primera vez. Así que si son
necesarios miles Días del Libro para que eso suceda los celebraré todos y cada
uno de ellos. Y si hace falta regalar miles de libros, lo haré. Y alguna rosa,
también.
La feminazi adolescente tiene 13 años, y aún no sabe que lo es. Tiene granos, aparato, el pelo corto y no se depila. Comenta con una “amiga” el poco éxito que tiene entre los chicos y recibe una gran lista de todas las cosas que tiene que hacer en su cuerpo para solventar ese problema. “Si te sientes guapa, te sentirás mucho mejor contigo misma”, “estás en la edad mala” o “ya verás cuando tengas 20 años” son muchas de las frases que escucha habitualmente. La feminazi adolescente de 13 años espera que algún día su cuerpo cambie, el culo deje de ser tan prominente y su nariz empequeñezca…
Y yo hoy me quiero dirigir a ti, pequeña feminazi de 13 años. Un día, descubrirás que tener más o menos granos no te hace peor persona. Te darás cuenta que “guapa” es un adjetivo que nos impone la sociedad a las mujeres para ser como ellos quieren. Cogerás ese adjetivo, lo arrugarás bien fuerte y lo tirarás por el retrete. Porque hay otros, como ‘consciente’, ‘preocupada’, ‘solidaria’, ‘madura’ o ‘trabajadora’, que son mucho más bonitos. Dejarás atrás a muchos de los amigos que te decían lo que podías mejorar de tu cuerpo y te juntarás con gente a la que no le importa un carajo los pantalones que te pones para salir un sábado por la noche. Te maquillarás, o no lo harás, pero no te sentirás mejor mujer por ello. Te sentirás mejor contigo misma, querida feminazi de 13 años, cuando hagas ver a una amiga que su novio no tiene porque mandarle quinientos sms una noche para ver con quien va. Te sentirás una buena mujer cuando defiendas en voz alta a la chica que se dedicó a llamarte fea cuando tenía 13 años porque te darás cuenta que ellas son las principales víctimas. Hablando de chicos, pasarás mucho tiempo pensando que tu vida cambiará cuando llegue tu ‘príncipe azul’. Hasta que un día te canses de esperarlo, te arranques el vestido de princesa, te pongas unos vaqueros y montes tú sola en tu caballo. Conocerás a alguien que vaya a tu lado en tu viaje. Pero él estará en su caballo, jamás intentará imponerte su ritmo y sonreirá cuando te vea adelantarle y volar libre. Y descubrirás porque la palabra ‘compañero’ es mucho más bonita que aquel ‘novio’ que enviaba quinientos sms a tu amiga un viernes noche. Te dará igual llevar gafas, tener una sonrisa perfecta o que te llamen guapa.
Querida feminazi de 13 años, me gustaría que no tuvieras que pasar por lo que te espera para darte cuenta que lo eres. Me gustaría evitarte los desencuentros amorosos, el miedo volviendo a casa de madrugada, los piropos callejeros, las miles de veces que te van a llamar exagerada, las dudas que te entren defendiendo algo que solo tú comprendes. Me encantaría que de tu boca nunca saliera “puta” como insulto, “la culpa de todo la tiene Yoko Ono” o “yo no entiendo como Carlos puede aguantarla”. Pero, me temo, que será eso lo que te haga aprender y conformar la persona que serás dentro de unos años. Algún día cerrarás la boca a todos los que intenten dar por hecho que hay cosas que solo puede hacer una mujer. Confío en ti, pequeña feminazi de 13 años. En un futuro, serás tú la que esté escribiendo este artículo y nadie, escúchame, nadie será capaz de imponerte su verdad.
"Nuestra integridad vale tan poco… Pero es todo cuanto realmente tenemos, es el último centímetro que nos queda de nosotros, si salvaguardamos ese centímetro somos libres. […] Moriré aquí, cada centímetro de mí perecerá, cada centímetro… salvo uno. Un centímetro, algo pequeño y frágil, y lo único que merece la pena conservar en el mundo.Nunca debemos perderlo o entregarlo, nunca debemos dejar que nos lo arrebaten…" (V de Vendetta)
Querida Valérie:
En mi mundo se pueden recibir rosas, besos y abrazos de la persona que quieres. No hay opresión y la cara de un dictador no aparece retratada en todas y cada una de las casas. Tampoco hay toque de queda, y todo lo diferente está amparado bajo una misma ley. No me siento arrodillada. Pero no todo es lo que parece.
En mi mundo el presidente que me representa, bonita palabra, aparece todos los días en la pantalla de un televisor. No en la de mi casa, sino en una sala de prensa. Se pone la máscara. La prensa no se queja de que esto ocurra, se limitan a apuntar distraídos las palabras en las que abundan los términos “democracia”, “libertad” y “justicia”. Esa misma prensa no tiene reparos a ocultar, o manipular, algo tan serio como un atentado. O el inicio de una guerra. Se ponen la máscara. En mi mundo no está bien que una mujer vaya a las cinco de la madrugada sola por la ciudad. Los padres prefieren prohibirle que lo haga a pensar porque se da por hecho que un hombre le vaya a hacer daño. Se ponen la máscara. En mi mundo se respeta aparentemente lo diferente. Sin embargo, hay que eliminar el griego y la filosfía de las aulas. Porque hacen pensar, porque crean un ejército de gente molesta e inconformista que puede obligar a los que están arriba a quitarse la máscara. Porque es mucho más sencillo hacer que memoricen leyes sin que se pregunten si esas leyes van acorde con su integridad. Bonita palabra ¿verdad?
La integridad no existe en mi mundo. Es más normal que una persona acepte un trabajo aunque vaya contra sus ideales a rechazarlo e irse con la cabeza bien alta. La gente cede a que le pongan una máscara y que le obliguen a pasearse con ella si con eso consiguen el llamado ‘estado de bienestar’. Los adolescentes estudian lo que sus padres les obligan y aplauden que quiten una asignatura que no dan. A veces les molesta su existencia. Les molesta porque es esa asignatura en concreto la que hace que nunca perdamos el único centímetro que hay que conservar. Y porque les hace darse cuenta que ellos lo están perdiendo cada vez más. “Ser de letras” es casi un insulto. Salvo para los que lo somos.
Tengo miedo, Valérie. Miedo a que mi mundo se vuelva cada vez más parecido al tuyo porque falte gente como tú. Gente capaz de justificarr toda una vida con una idea por bandera. Gente capaz de ser ella misma, le pese a quien le pese. Gente que no se deje manipular. Gente que rechace esa máscara y se ponga otra. La de la libertad, lo único por lo que merece la pena morir.
Marta.
(Gracias a Diego por tener esta película entre sus favoritas. Porque me ha hecho pensar, algo que sucede mucho, y replantearme cosas, algo que no sucede casi nunca. Y por su ayuda. En los títulos y en muchas cosas más.)
“Le gustaban las flores violetas. No le valía cuando le traían una rosa roja, ni siquiera un ramillete de lirios. Petunias, decía normalmente, de esas grandes y violetas. Tenía catorce años y unos ojos abiertos, dispuestos a comerse el mundo. A veces se acercaba a mi cueva y contemplaba con mirada extraña como alrededor de esta no crecía ningún tipo de vegetación. Luego se iba corriendo, con la falda al viento levantándose y dejando ver sus bragas. Lo hacía a propósito, lo sé. A veces llegaba con un chico de la mano, riéndose con su vocecita aguda. Y otras venía ella sola con la bici. Pero siempre pasaba por delante de mi cueva. ¿Que por qué lo hice aquel día? Porque ya era hora, y porque llevaba mucho tiempo aguantándome los instintos. Lo hacía a propósito ¿sabéis? Salí despacio y ni siquiera gritó cuando me vio. Empezó a moverse para atrás suavemente y en ese momento observé que llevaba una flor violeta en el pelo. Quiso llegar hasta su bici, y cuando se monto en ella contempló como la cadena se había salido. El destino tiene curiosas maneras de mostrar su cara más amarga ¿no creéis? Todavía no sé cuánto tiempo paso hasta que se fue de mi cueva. Los días ya no me eran tan aburridos. Yo tengo claro que ella se agarraba a nuestros encuentros porque eran lo único que le hacían sentir viva. Se agarraba al dolor que sentía cada vez que yo la atravesaba en dos. Olía tan bien. Como a fruta recién cogida. Olía a hogar, a felicidad. Una vez al més su olor se volvía más humano, más fuerte. En esos momentos era cuando más me costaba tenerla. Se volvía más reservada. Yo sé que me quería, no como a los chicos con los que paseaba de la mano sino como a la persona que se lo enseñó todo. Le mostré que el mundo no era de color violeta, que había sufrimiento, dolor y recompensas. Descubrió en mi cueva un nuevo mundo. Hasta que se largo… ¡Se largó! ¿Os lo podéis creer? Yo había sido su mejor maestro y un buen día sus ojos ya no brillaban. Sus labios ya no temblaban cada vez que me acercaba a ella. Ya no había sollozos de noche ni arcadas cuando le hacía probar mi sexo. Estaba su cuerpo. Su flor ya marchita. Pero no estaba ella. Me dejó solo, a pesar de que me amaba. ¿Os he dicho ya que le gustaban las flores violetas?”
Claudia le dio una larga calada a su cigarro mientras cortaba la grabación. “Grandísimo hijo de puta”. En ocasiones odiaba su trabajo.
Tú te levantas una mañana cansada
del mundo en general y del examen de historia que tienes ese mismo día en
particular. Enciendes la televisión para ver los informativos ya que según los
mayores hay que estar informado y te sientas con tu tazón de ‘crispies’. Salen imágenes de una maratón bastante
importante y ves fotos de un niño de ocho años que acaba de ser asesinado.
Bombas, comentan. Dos. Y tú te asqueas de la gente en general y piensas que
ojala se acabara la violencia y que esto ya nos puede tocar a cualquiera. Para
rematar pides un poco de justicia y te cuelgas tu mochila al hombro.
Y aquí es donde entro yo. ¿Justicia?
Justicia es que cualquiera de los 33 muertos del atentado de Iraq de esa misma
mañana tenga el mismo entierro digno. Justicia es que ellos también puedan ser
considerados ‘héroes’ y no ‘muertes de civiles’. Justicia es que EEUU no
califique de terrorismo según sea la persona negra, rosa o azul. Justicia es
que cuando mañana abras el periódico puedas informarte sobre el atentado en
Boston y el de Iraq de la misma manera. Eso es la justicia, lo demás solo sirve
para llenarse la boca.
No te culpo, yo era como tú hace
un año. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo donde la televisión nos
marca lo que es correcto e incorrecto. No estar influenciado por algo o por
alguien es misión imposible. “Yo soy yo y mi circunstancia”. Supongo que lo más
sencillo es que vivamos a la espera de que nos la van a intentar colar. No es
agradable, pero funciona. Tampoco soy yo la más adecuada para dar lecciones.
Mi historia es distinta. Yo me
levanto de mala leche y con ojeras porque (aparte de que no me sé el examen de
historia) me acosté la noche anterior a las tres tweeteando mi rabia y frustración.
Previamente, había intentado obtener toda la información posible sobre lo que
ocurría en Boston y también lo que pasó en Iraq. Yo ya me había apenado por la
muerte del niño de ocho años y la chica de veintinueve porque un muerto es un
muerto en cualquier lugar del mundo. El problema es que algunos son de primeras
y otros de segunda. Y ahí es donde yo difiero. No me preocupo por encender la tele y
me tomo mis ‘crispies’ pensando lo asquerosa que es la realidad. A fin de
cuentas, acabamos las dos asqueadas. ¡Qué coincidencia! Cuando vuelvo a mi
casa, mi cabreo aumenta porque la “condena” de Isabel Pantoja puede eclipsar
cualquier otra noticia. Hasta la muerte de un niño de ocho años. Y la de 33
iraquíes.
La cuestión no está en ir
pidiendo justicia. La solución está en aplicarla. En nuestros pensamientos, en
nuestras ideas. Rebelarnos contra lo que nos quieren imponer. No estoy hablando
de levantar el puño y gritar ¡libertad! Estoy hablando de pensar. Porque es lo único
que no nos pueden quitar. Leer, porque es el mayor acto de individualidad y
libertad que existe. No conformarse y hacer de este mundo un lugar menos feo.
No te echo en cara tus sonrisas, ni tus mentiras, ni que me obligaras a enamorarme de tus ojos, ni tus silencios, ni mis noches de angustia. Son errores del pasado, más míos que tuyos. Pero, dime, ¿como se siente cuando estuviste a punto de tenerla? Al final no te hice falta para conseguirla. Cuando se emborrachó no te llamo a las dos de la madrugada diciendo que te quería. Eso es muy de mi estilo. ¿Me echas de menos? Yo también lo hice, noche sí y día también.
Y puede ser que a mucha gente
deje de interesarles mis palabras al oír esto. No creo en una contradicción de
blanco y negro. La historia nos ha mostrado que es muy peligrosa y, justo hoy,
me toca estudiar la proclamación de la II Républica Española. Debería estar
estudiando, lo sé, pero no dejan de pasarme ideas por la cabeza. No iba a
escribir esto, quería dedicar unas palabras a este día y tenía un maravilloso
personaje femenino en mente. Su estudio me ha costado más de unos cabreos, pero
me parecía tan interesante, tan delimitado y tan claro que quería usarlo. Y sin
embargo, no he podido escribir sobre ella. Sintiéndolo mucho, hoy me apetece escribir sobre mí y doy por hecho que no va a resultar igual de interesante que
mi idea inicial.
Soy cartagenera, quizás demasiado
orgullosa de provenir de una ciudad donde siempre hemos salido perdiendo. Tal
vez por apoyar a la persona incorrecta o quizás porque desde los romanos hasta la
dictadura franquista se ha aprovechado de nosotros, no dejamos de ser una
ciudad que siempre parece la sombra de lo que fue y pudo ser. Sin embargo, no
puedo dejar de sonreír cuando pienso que fuimos nosotros los que nos levantamos
ante una Républica que alardeaba de todo menos de lo que era. Los que acuñamos
durante seis meses moneda propia y comenzamos una resistencia contra una ‘sartá’
de políticos incompetentes. No soy republicana, pero siempre he sido cantonal. Años
más tarde, tras soportar una restauración que no nos trajo ningún bien y una
dictadura que nos hizo crecer económicamente, fue el capitán general de
Cartagena el que convocó unas elecciones que cambiarían el curso de la historia
española. La II República fue proclamada un día como hoy de 1931 y toda
Cartagena salió a la calle a celebrarla. Más tarde, el rey Alfonso XII
obtendría del puerto de mi ciudad su última visión de España. Y, por extraño
que parezca, el pueblo cartagenero volvió a salir a la calle a verlo partir. No
hubo abucheos, ni trifulcas. Hubo seriedad, y algo parecido al respeto. Porque
me imaginó al señor mayor, con su sombrero y bastón, dándole una calada grande
a su cigarro mientras piensa: “Jodéte cabrón, por haberte atrevido a joder un
país. Y más aún, a mi país.”
No soy republicana, soy
cartagenera. Pero quizás estos dos conceptos van demasiado unidos para que yo intente
separarlos. Fuimos de las últimas ciudades en caer defendiéndola en la Guerre
Civil. Pero también fuimos la primera ciudad que se puso a su contra cuando no
nos gusto cómo funcionaba. ¿Y yo? No lo sé. Pero si hoy se proclamará la III
República española y el Rey saliera por Cartagena, yo saldría a la calle. Y,
con respeto, pensaría: “Vete, grandisímo hijo de puta, con tus millones a Suiza.
Por haber pedido a mi abuela que olvidara como su padre murió en la Guerra
Civil, que superara una dictadura, que se amoldara a una democracia. Y mientras
tanto tú, justificar toda tu vida con una actuación una noche.”
"Mediante el trabajo ha sido como la mujer ha podido franquear la distancia que la separa del hombre. El trabajo es lo único que puede garantizarle una libertad completa." (Simone de Beauvoir)
Por ser una mujer en un mundo de hombres. Con todas las letras, desde la eme hasta a la erre. Por ostentar ese título con la dignidad que se merece y gritar a los cuatro vientos que lo eras. Gracias por ser capaz de ser libre, pero no como te pedían los intelectuales (hombres) que te rodeaban, sino como tú quisiste. Gracias por escribir de nosotras, por representarnos, por llevar nuestra voz aunque te llamaramos 'bruja' o 'puta' o 'aprovechada'. Enhorabuena por existir más allá de tu pareja. Por volar fuera de su nombre, y por no caer en el error de poner Sartre detrás del tuyo. Creando así una unión emocional e intelectual que fuera más allá de las conveniencias sociales. Gracias por reclamar nuestro futuro. Te prometo en nombre de muchas que no vamos a dejar que caiga en saco roto.
Simone de Beauvoir (9 de Enero de 1908-14 de Abril de 1986)
(Mañana se cumplen 101 años desde el hundimiento del barco insumergible. El año pasado escribí esto, pero creo que la tragedia puede ser recordada sin necesidad de fechas)
Se podría haber llamado Jack. Ser
irlandés y vivir en un pequeño pueblo a las afueras de Dublín mientras veía como
las luchas políticas invadían su país, escaseaban los puestos de trabajo y la
miseria llegaba cada vez más su casa. Podría haber oído
hablar de América y de
todo el cúmulo de oportunidades y promesas que esa palabra contiene. Y quizás,
solo quizás, hubiera tenido el valor de ahorrar para comprar un billete de
tercera clase que le llevara a un nuevo mundo. Aunque también se podría llamar
Julie, y llevar trabajando en la compañía desde hace cinco años. Y le hubieran
hablado de su nuevo trabajo como camarera de segunda clase en un barco lleno de
lujos. Y lo más seguro es que lo hubiera aceptado, y con una sonrisa emprender
su oficio en el barco insumergible. También es posible que su nombre no fuera
otro que Sir Thomas, un “milord” de cincuenta años con una fortuna que brillaba
por su nombre, pero la cuál se encontraba llena de parches que ocultaban
pérdidas. Y a lo mejor viajar a América era su última oportunidad de seguir
alargando el nombre de esta, porque podría casar a su hija con un joven
americano sin rango pero con dólares. Y a la misma vez escapar de una Europa
que hablaba de un futuro que le daba algo de miedo. Pero de la misma manera
podría haber sido Peter, oficial de abordo, con un traje blanco y reluciente
dispuesto a embarcarse en un viaje que marcaría un antes y después en su
carrera. Y lo más seguro es que hubiera visto que no había botes para todos y
que el número de camareros duplicaba al de marinos. Pero se habría callado con
tal de mostrar su reluciente y nuevo uniforme de trabajo. Y, tal vez, como cado
uno del resto de personas que se encontraban en aquel barco no se dieron cuenta
que formaban parte de un mismo escenario. Porque el Titanic no solo reunía a
pasajeros de primera, segunda o tercera clase, no solo marinos y camareros; el
Titanic fue ante todo el reflejo de una sociedad que ya de por sí sola se estaba
yendo a pique.
¿Qué se hundió aquella noche del
14 de Abril de 1912? Más allá de las toneladas de hierro y remaches con “un
fuerte olor a pintura nueva” con el Titanic se hundieron también verjas de
metal que separaban a personas, vajillas nuevas para la primera clase, y un
número mucho más elevado de camareros que botes salvavidas. Aquella noche no se
hundió solo un barco insumergible, se hundieron también uno a uno los últimos
estragos de una época que agonizaba lentamente. Se hundieron los caballeros de
primera clase que se apoyaban en los de tercera para poder agarrarse más a la
vida. Se hundió también todo el tiempo invertido en crear un barco que
intentara desafiar a la naturaleza, con la soberbia de subestimar un peligro
que estaba demasiado claro. Se hundió una orquesta que hasta el último minuto
quiso disfrazar y hacer olvidar la tragedia. “Y aún siguen tocando”. Se
hundieron las miles de promesas de personas que solo aspiraban a ser algo más.
Uno a uno fueron cayendo al hielo preceptos a los que algunos se aferraban y
otros detestaban, quedando congelados para recordarnos lo que pasó. No mucho
más tarde vendría la Primera Guerra Mundial, que cambiaría todo por completo. Y
los nombres de Julie, Jack, Sir Thomas y
Peter lo más seguro es que no salieran en los periódicos. Pero ellos fueron el
“Titanic”. Porque resulto no ser un barco insumergible; pero sí un cúmulo de
errores, malas decisiones, nuevas y antiguas ideas, esperanzas e ilusiones.
¿Qué fue finalmente el “Titanic”? Una tragedia que se convirtió en mito,
el hundimiento de una época y el recuerdo imborrable de que todos los males son
producidos por la sobrecarga de un margen de error demasiado pequeño. Y parece
que por mucho que oigamos a la orquesta tocar nunca aprenderemos la lección.
No hay dolor comparable al de ver
arder una biblioteca. Cada vez que esto sucede una parte de nuestra humanidad
se debilita, se queda sola ante la ignorancia y tiene miedo. Porque en un mundo
sin libros es mucho fácil que te manipulen.
No hay desprecio comparable al
que siento cuando se quema una iglesia. Haciéndolo, perdemos el poco respeto
que teníamos como género humano y el mundo es un lugar mucho más sombrío, más
triste y más apagado.
Tanto las iglesias (o cualquier
templo) como las bibliotecas tienen el poder de recordarnos que, muchísimo antes
de nuestra existencia, hubo otros hombres que también se equivocaron. Hombres
que se preguntaron acerca de la vida, del futuro, del pasado… Y esas respuestas
están, le pese a quien le pese, en los libros y en el arte. Es el único escudo
que nos protege de la hipocresía, la demagogia y la injustica. No es solo una
huella de nuestro pasado sino la demostración de lo que puede pasar si
repetimos los errores que otros cometieron. Contra lo que mucha gente cree, es
precisamente mirando hacia atrás como podemos construir un futuro diferente.
Cuando proclamamos que
quemaríamos cualquier demostración de fé no estamos atacando a la Iglesia, nos
estamos atacando a nosotros mismos. Estamos demostrando que clase de generación
somos. Aquella a la que le molesta abrir un libro de Historia y comprobar
cuantas veces son nombres de Papas y cardenales los verdaderos mecenas del
arte, aquella que justifica su poca preocupación diciendo que la historia está
politizada. Sin parar a pensar que es, justamente esa historia, la única juez
válida en la mayoría de asuntos. Sin parar a pensar que esos ‘templos malditos’
fueron revolucionarios alguna vez y, a ratos, protegían la libertad individual
de las personas. Son los músicos del Pórtico de la Gloria, como dice mi madre,
los que nos enseñan que con la llegada del gótico la música se empezó a sentir.
No es cuestión de fé, sino de cultura.
No cerremos bibliotecas, no
quememos iglesias. No permitamos que nos arranquen lo único que nos hace un
poco libres: el recuerdo y la literatura. Tal vez, es momento de recordar la
frase que me comentó una amiga mía: “con la de políticos cabrones que ha habido
en España, y sólo se les ocurría quemar iglesias”.
Era casi de noche, y hacía
viento. Susurrabas cosas detrás de mi espalda que nunca alcancé a comprender.
Hablabas de sueños, de revolución, de desigualdad, de la indiferencia de la gente. Estabas tan guapa con el moño
despeinado. Rara vez te hacía caso y la mitad del tiempo me dedicaba a perderme
entre tu piel mientras tú me pedías cabreada que te escuchara. “No quiero que
me oigas y asientes, quiero que me escuches, que me tengas en cuenta.” No
sabías como cabrearte y a los dos segundos te tenía otra vez entre mis brazos.
Aquella noche me preguntaste si te quería. Conteste que sí, con una sonrisa. “¿Y
por qué?” No lo supe, y quizás nunca lo he sabido. Juntaba palabras y las
volvía a desunir intentando decir algo coherente. Sonreíste contra mi ropa, y
me tranquilizaste diciendo que no pasaba nada. Pero nunca volvió a ser igual y
a los pocos meses te marchaste. Para siempre. Y es ahora, tres años después,
cuando he encontrado las palabras para definirlo. Si puedes explicarle a
alguien lo mucho que lo quieres sin necesidad de algún titubeo, de ¿comprendes?
o carraspeo, es que no quieres lo suficiente. Te he vuelto a ver. Llevabas el
puño en alto y gritabas algo de la libertad. Has crecido y ya no eres la niña
pequeña que decía ser grande. No estabas tan guapa, te faltaba tu moño
despeinado. Me miraste y sonreíste. Pero ya no me sorprendiste. Conocí a
alguien que prefiere leer a gritar, y escribir a hablar. Que mete la mano dentro
de un saco de lentejas y, en vez de echarme en cara que solo la oigo, me
escucha. Te caería bien porque a fin de cuentas pedís lo mismo. Pero ella nunca
me ha exigido que le explique porque la quiero. Prefiere cerrar los ojos
esperando a que le robe un beso. Dice que eso, mejor que nada, le quita las
dudas.
(Y yo tampoco sé porque te
quiero. Sólo sé que me gusta cómo suena cuando lo pronuncias en tus labios, y
que me gusta mucho más cuando ese ‘te quiero’ está cerca de mi boca.)
Sostuviste un
cartel que rezaba: “Figthing for peace is like fucking for virginity”. Y entonaste en voz alto que solo necesitabas
“peace and love” en el festival de Wedwoostck. Fue necesario, porque el mundo
se estaba volviendo loco y había centenares de muertos cada día. Estaban tan
lejos, quizás nunca te preguntaste dónde estaba Vietnam, pero de pronto aquel
soldado al que llamaban “Jhonny” podía ser tu novio, o tu hermano, o incluso tu
hijo. La televisión te mostraba cadáveres de una guerra que veías innecesaria.
Tu no ganaste la Segunda Guerra Mundial y ya “no te preocupaba lo que podías
hacer por tu país, sino lo que tu país podía hacer por ti.” El mundo estaba
girando, demasiado lento para tu gusto y demasiado rápido para tu madre; pero
ahora mismo eran los Beatles los que sonaban por la radio y sólo necesitabas
amor. Y cambiar el mundo. Saliste a la calle, y quizás encontraste tu refugio
en el llamado movimiento hippie. Te hiciste preguntas. Las respondiste con
mayor o menor claridad. Y de pronto encontraste que había una vía, que tu lucha
podía llevar a la paz y que existía un nosotros que te englobaba y te hacía
sentir más a salvo. Y te tiraste a la piscina. Con el flotador de estar
formando parte de algo muy grande que se extendía, no solo en tu país sino más
allá, más lejos, a través del universo.
Necesitabas una causa, algo que te moviera a hacerlo, una
necesidad y un fin. Que tuviera tanta fuerza, tantas ganas y tanta pasión que
moviera a millares de jóvenes de todo el mundo. Por una vez te viste, os
visteis, con la fuerza necesaria para influir en el Estado y lograr algo solo
con un ideal como bandera. Pero el resultado no iba a ser tan fácil. A lo largo
de la historia habían tenido lugar varios movimientos sociales que habían
intentado cambiar las tornas y dejar atrás una sociedad determinada. Para que
un movimiento social resulte necesita de dos cosas: una necesidad y una
finalidad. Y vosotros las tenías, por supuesto que sí. La necesidad era clara:
no a la guerra, no a la necesidad imperiosa de cambiar a un país que no quería ser
cambiado. No os valía la imagen de “Uncle Sam” señalándoos y diciendo que os
quería. Ni tampoco ese espíritu americano de querer solucionarlo todo a su
manera. Ni vuestros padres ni abuelos lo entendieron nunca, pero quisisteis
volar (aunque fuera con heroína) hacia un mundo donde se pudiera estar con
diamantes en el cielo. Y que a la misma vez fuera más pacífico, más bonito, más
libre y más justo. Creíste y luchaste por ello. Por eso ahora te da rabia
pensar que ese movimiento “fracasó”, terminó y nunca logró su cometido.
Al principio empezaba a señalártelo gente que te esperabas.
Pero de pronto hasta la persona que había gritado contigo en la calle te lo
recordaba: esto no iba por el lugar correcto. Fue como en la película: un Jude
cualquiera entró a tu cuarto diciéndote que una revolución pacífica nunca
podría ser violenta. Quizás en la película entraba un poco loco y desesperado,
pero era porque él también tenía miedo. Miedo de que la revolución y el cambio
por el que todos soñabais se estancaran, o pasaran a convertirse en lo
contrario. En la pequeña oficina se colgaba un cartel de Mao, y no os dabais
cuenta de que Mao significaba todo lo contrario por lo que debíais luchar.
Porque en una revolución pacífica los medios son los que deben brillar y no el
ansiado fin que puede quedar fácilmente desteñido por unos caminos incorrectos.
Los Beatles te volvían a cantar, y esta vez para decirte que todos querían
cambiar el mundo y que a la misma vez nadie era poseedor de la verdad absoluta
para decidir quién o que se merecía ser mártir. En aquel momento pusiste el
grito en el cielo y sollozaste, como Lucy, que el fin estaba muy próximo y que
habíais trabajado mucho para que ahora lo echaran todo para atrás. Pero un día los viste, y es ahora cuando te das
cuentas de que tu también descubriste de la peor manera que todo había acabado.
Porque una bomba clandestina en un pequeño piso alquilado no podía ser lo más
adecuado. Ya no era tu madre gritándote por teléfono que aquello estaba
perdido, y tanto tú como la pequeña Lucy comprendisteis que algo había
fracasado.
Sin embargo, tuvo que pasar mucho tiempo para que te dieras
cuenta de que nada fracasó por completo. Y que como en toda buena película
siempre tiene que haber una escena final: aquella en la el protagonista escucha
“Hey, Jude” y se sube a una azotea para convencer a todo el mundo, policías
incluidos y a Lucy en particular aquello de “All you need is love”. Ese último
concierto después de superar la paradoja final de que fue la propia paz la que
llevo a la violencia y a la muerte por medio de un método incorrecto. Y en ese
momento es el protagonista el que te grita al oído que a fin de cuentas si hubo
un cambio. Sabes que la revolución está llegando a su fin cuando ves esa parte
de película, porque te acuerdas del último concierto de los Beatles en una
azotea quedando como imagen mítica. Ellos se separaban, y con eso despedían una
revolución y un movimiento que dejo a algunos rezagados que todavía hoy siguen
viviendo como si estuvieran en los setenta. Aún así ese concierto final nunca
supuso un fin, y el movimiento hippie y pacifista del que puedes decir que
formaste parte influyó más que ningún otro. Quizás ayudo la muerte de John
Lennon y su posterior traspaso a mito, o las miles de películas crudas y
desgarradas que criticaron (años después) la Guerra de Vietnam, o quizás es el
hecho de que hasta tus hijos canten ahora ‘Strawberry Fields’ sin saber lo que
esa canción pudo significar en aquel tiempo…
Llegó a través del universo, no solo la imagen de la guerra
sino también la respuesta de millones de jóvenes. A lo mejor, el error fue
necesario para que todo el mundo se diera cuenta de lo peligroso que era la
exaltación y lo importante que es que nunca nadie se olvide que una revolución
pacífica no puede perder la paz de ninguna manera. También fue necesario
mostrarle al mundo, y a ‘los que mandan’ que el pueblo puede responder cuando
no están de acuerdo con algo. Pero sin embargo no te deja de extrañar la cruda
ironía de la realidad, aquella que hizo que la violencia acabara con esa
revolución que aseguraba que “Figthing for peace is like fucking for virginity”.
“Píramo y Tisbe, el uno el joven más bello de todos, la otra la más hermosa de las jóvenes de Oriente…”
Romeo y Julieta es una de las obras más importantes de la literatura occidental. Es muy difícil encontrar a alguien que no conozca la triste historia de amor imposible entre los dos amantes de Verona. Lo que no todo el mundo sabe es que, para elaborar su historia, Shakespeare se dejó influir por numerosos relatos anteriores a su obra cumbre. El más importante de todos, y el que más le sirvió como ejemplo, fue el conocido como mito de Píramo y Tisbe, que se encuentra en las Metamorfosis de Ovidio.
Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que se enamoraron gracias a la relación de vecindad que compartían. Aunque Romeo y Julieta viven en la misma ciudad (Verona), Shakespeare difiere del mito latino al colocar el inicio de su enamoramiento en un baile de disfraces organizado por la familia de Julieta. En el tema familiar Shakespeare se deja influir mucho por la obra de Ovidio, en la que sus personajes se encuentran con la oposición parental para emprender su relación. Los amantes veronenses encuentran a su favor el apoyo indiscutible de la ‘aya’. Este personaje es una introducción del autor inglés basándose en la Celestina de La tragicomedia de Calisto y Melibea. Haciendo esto Shakespeare consiguió trasladar a un personaje de la literatura española al primer plano de la literatura universal.
A la hora de desarrollar la historia ambos autores toman caminos distintos aunque con el mismo final trágico. Romeo y Julieta llegan a casarse con ayuda del cura que piensa que esa boda va a ser lo que siembre la paz entre las familias. Sin embargo, el primo de Julieta, Teobaldo, reta en duelo a Romeo por la intromisión en el baile de disfraces. Aunque las ofensas van dirigidas al joven enamorado, es Mercucio, amigo de Romeo, el que acaba aceptando el duelo en el que al final acaba herido de muerte. Tras este duro palo, Romeo no puede aguantarse y mata a Teobaldo. Esto da lugar al “comienzo del trágico final”; Romeo es exiliado de la ciudad y Julieta decide fingir su muerte para así huir con su amado y evitar la boda con Paris. El mensaje en el que se le explica a Romeo la verdad nunca llega a su destinatario y, al enterarse éste de la “muerte” de Julieta, acude a su sepulcro donde ve el falso cadáver de su amor. Por esto decide quitarse la vida con veneno, con tal mal ‘fatum’ que Julieta se despierta justo a tiempo para ver a su amado morir. El desenlace trágico termina con el suicidio de Julieta. Si comparamos esto con el mito latino, vemos ciertas similitudes.:Píriamo y Tisbe deciden huir para vivir su amor. Ésta, en su huida, deja caer su velo y una leona la mancha de sangre. Cuando Píriamo ve esto, cree que su amada ha fallecido y se quita la vida con un puñal. A Tisbe, escondida en una cueva, no le da tiempo a evitar el suceso y, desconsolada, se provoca la misma suerte que Píriamo. El punto más claro de unión lo vemos en la demostración de que es el amor y la muerte lo que consigue unir a las dos familias enfrentadas, ya que aceptan enterrar a sus hijos juntos. El amor de ambas parejas de enamorados es imposible y solo ha podido cumplir con su función reunificadora una vez muertos los protagonistas.
Cabe destacar que, aunque se inspiro en el mito latino, Shakespeare añadió muchísimos más personajes y creó una historia diferente a la de Ovidio. Introdujo, como ya hemos nombrado, la conocida figura de la ‘aya’ que tanta repercusión tuvo en la historia posterior y un carácter cómico en algunos personajes.
Sin embargo, es importante recordar (y más en los tiempos que corren) que fueron los griegos y los romanos los que pusieron las bases de lo que hoy podemos llamar cultura occidental. Que nuestras historias más conocidas suelen encontrar argumentos casi gemelos en obras de aquella época. Que, a fin de cuentas, nuestro modo de vida empezó a forjarse hace más de dos mil años. Y que, aunque solo sea por eso, merece la pena conocerlas.