17 de abril de 2013

Justicia.


La historia es simple y sencilla:

Tú te levantas una mañana cansada del mundo en general y del examen de historia que tienes ese mismo día en particular. Enciendes la televisión para ver los informativos ya que según los mayores hay que estar informado y te sientas con tu tazón de ‘crispies’.  Salen imágenes de una maratón bastante importante y ves fotos de un niño de ocho años que acaba de ser asesinado. Bombas, comentan. Dos. Y tú te asqueas de la gente en general y piensas que ojala se acabara la violencia y que esto ya nos puede tocar a cualquiera. Para rematar pides un poco de justicia y te cuelgas tu mochila al hombro.

Y aquí es donde entro yo. ¿Justicia? Justicia es que cualquiera de los 33 muertos del atentado de Iraq de esa misma mañana tenga el mismo entierro digno. Justicia es que ellos también puedan ser considerados ‘héroes’ y no ‘muertes de civiles’. Justicia es que EEUU no califique de terrorismo según sea la persona negra, rosa o azul. Justicia es que cuando mañana abras el periódico puedas informarte sobre el atentado en Boston y el de Iraq de la misma manera. Eso es la justicia, lo demás solo sirve para llenarse la boca.

No te culpo, yo era como tú hace un año. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo donde la televisión nos marca lo que es correcto e incorrecto. No estar influenciado por algo o por alguien es misión imposible. “Yo soy yo y mi circunstancia”. Supongo que lo más sencillo es que vivamos a la espera de que nos la van a intentar colar. No es agradable, pero funciona. Tampoco soy yo la más adecuada para dar lecciones.

Mi historia es distinta. Yo me levanto de mala leche y con ojeras porque (aparte de que no me sé el examen de historia) me acosté la noche anterior a las tres tweeteando mi rabia y frustración. Previamente, había intentado obtener toda la información posible sobre lo que ocurría en Boston y también lo que pasó en Iraq. Yo ya me había apenado por la muerte del niño de ocho años y la chica de veintinueve porque un muerto es un muerto en cualquier lugar del mundo. El problema es que algunos son de primeras y otros de segunda. Y ahí es donde yo  difiero. No me preocupo por encender la tele y me tomo mis ‘crispies’ pensando lo asquerosa que es la realidad. A fin de cuentas, acabamos las dos asqueadas. ¡Qué coincidencia! Cuando vuelvo a mi casa, mi cabreo aumenta porque la “condena” de Isabel Pantoja puede eclipsar cualquier otra noticia. Hasta la muerte de un niño de ocho años. Y la de 33 iraquíes.

La cuestión no está en ir pidiendo justicia. La solución está en aplicarla. En nuestros pensamientos, en nuestras ideas. Rebelarnos contra lo que nos quieren imponer. No estoy hablando de levantar el puño y gritar ¡libertad! Estoy hablando de pensar. Porque es lo único que no nos pueden quitar. Leer, porque es el mayor acto de individualidad y libertad que existe. No conformarse y hacer de este mundo un lugar menos feo.
(Y por eso, quiero ser periodista.) 

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