La historia es simple y sencilla:
Tú te levantas una mañana cansada
del mundo en general y del examen de historia que tienes ese mismo día en
particular. Enciendes la televisión para ver los informativos ya que según los
mayores hay que estar informado y te sientas con tu tazón de ‘crispies’. Salen imágenes de una maratón bastante
importante y ves fotos de un niño de ocho años que acaba de ser asesinado.
Bombas, comentan. Dos. Y tú te asqueas de la gente en general y piensas que
ojala se acabara la violencia y que esto ya nos puede tocar a cualquiera. Para
rematar pides un poco de justicia y te cuelgas tu mochila al hombro.
Y aquí es donde entro yo. ¿Justicia?
Justicia es que cualquiera de los 33 muertos del atentado de Iraq de esa misma
mañana tenga el mismo entierro digno. Justicia es que ellos también puedan ser
considerados ‘héroes’ y no ‘muertes de civiles’. Justicia es que EEUU no
califique de terrorismo según sea la persona negra, rosa o azul. Justicia es
que cuando mañana abras el periódico puedas informarte sobre el atentado en
Boston y el de Iraq de la misma manera. Eso es la justicia, lo demás solo sirve
para llenarse la boca.
No te culpo, yo era como tú hace
un año. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo donde la televisión nos
marca lo que es correcto e incorrecto. No estar influenciado por algo o por
alguien es misión imposible. “Yo soy yo y mi circunstancia”. Supongo que lo más
sencillo es que vivamos a la espera de que nos la van a intentar colar. No es
agradable, pero funciona. Tampoco soy yo la más adecuada para dar lecciones.
Mi historia es distinta. Yo me
levanto de mala leche y con ojeras porque (aparte de que no me sé el examen de
historia) me acosté la noche anterior a las tres tweeteando mi rabia y frustración.
Previamente, había intentado obtener toda la información posible sobre lo que
ocurría en Boston y también lo que pasó en Iraq. Yo ya me había apenado por la
muerte del niño de ocho años y la chica de veintinueve porque un muerto es un
muerto en cualquier lugar del mundo. El problema es que algunos son de primeras
y otros de segunda. Y ahí es donde yo difiero. No me preocupo por encender la tele y
me tomo mis ‘crispies’ pensando lo asquerosa que es la realidad. A fin de
cuentas, acabamos las dos asqueadas. ¡Qué coincidencia! Cuando vuelvo a mi
casa, mi cabreo aumenta porque la “condena” de Isabel Pantoja puede eclipsar
cualquier otra noticia. Hasta la muerte de un niño de ocho años. Y la de 33
iraquíes.
La cuestión no está en ir
pidiendo justicia. La solución está en aplicarla. En nuestros pensamientos, en
nuestras ideas. Rebelarnos contra lo que nos quieren imponer. No estoy hablando
de levantar el puño y gritar ¡libertad! Estoy hablando de pensar. Porque es lo único
que no nos pueden quitar. Leer, porque es el mayor acto de individualidad y
libertad que existe. No conformarse y hacer de este mundo un lugar menos feo.
(Y por eso, quiero ser
periodista.)
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