“Le gustaban las flores violetas. No le valía cuando le traían una rosa roja, ni siquiera un ramillete de lirios. Petunias, decía normalmente, de esas grandes y violetas. Tenía catorce años y unos ojos abiertos, dispuestos a comerse el mundo. A veces se acercaba a mi cueva y contemplaba con mirada extraña como alrededor de esta no crecía ningún tipo de vegetación. Luego se iba corriendo, con la falda al viento levantándose y dejando ver sus bragas. Lo hacía a propósito, lo sé. A veces llegaba con un chico de la mano, riéndose con su vocecita aguda. Y otras venía ella sola con la bici. Pero siempre pasaba por delante de mi cueva. ¿Que por qué lo hice aquel día? Porque ya era hora, y porque llevaba mucho tiempo aguantándome los instintos. Lo hacía a propósito ¿sabéis? Salí despacio y ni siquiera gritó cuando me vio. Empezó a moverse para atrás suavemente y en ese momento observé que llevaba una flor violeta en el pelo. Quiso llegar hasta su bici, y cuando se monto en ella contempló como la cadena se había salido. El destino tiene curiosas maneras de mostrar su cara más amarga ¿no creéis? Todavía no sé cuánto tiempo paso hasta que se fue de mi cueva. Los días ya no me eran tan aburridos. Yo tengo claro que ella se agarraba a nuestros encuentros porque eran lo único que le hacían sentir viva. Se agarraba al dolor que sentía cada vez que yo la atravesaba en dos. Olía tan bien. Como a fruta recién cogida. Olía a hogar, a felicidad. Una vez al més su olor se volvía más humano, más fuerte. En esos momentos era cuando más me costaba tenerla. Se volvía más reservada. Yo sé que me quería, no como a los chicos con los que paseaba de la mano sino como a la persona que se lo enseñó todo. Le mostré que el mundo no era de color violeta, que había sufrimiento, dolor y recompensas. Descubrió en mi cueva un nuevo mundo. Hasta que se largo… ¡Se largó! ¿Os lo podéis creer? Yo había sido su mejor maestro y un buen día sus ojos ya no brillaban. Sus labios ya no temblaban cada vez que me acercaba a ella. Ya no había sollozos de noche ni arcadas cuando le hacía probar mi sexo. Estaba su cuerpo. Su flor ya marchita. Pero no estaba ella. Me dejó solo, a pesar de que me amaba. ¿Os he dicho ya que le gustaban las flores violetas?”
Claudia le dio una larga calada a su cigarro mientras cortaba la grabación. “Grandísimo hijo de puta”. En ocasiones odiaba su trabajo.
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