(Mañana se cumplen 101 años desde el hundimiento del barco insumergible. El año pasado escribí esto, pero creo que la tragedia puede ser recordada sin necesidad de fechas)
Se podría haber llamado Jack. Ser
irlandés y vivir en un pequeño pueblo a las afueras de Dublín mientras veía como
las luchas políticas invadían su país, escaseaban los puestos de trabajo y la
miseria llegaba cada vez más su casa. Podría haber oído
¿Qué se hundió aquella noche del
14 de Abril de 1912? Más allá de las toneladas de hierro y remaches con “un
fuerte olor a pintura nueva” con el Titanic se hundieron también verjas de
metal que separaban a personas, vajillas nuevas para la primera clase, y un
número mucho más elevado de camareros que botes salvavidas. Aquella noche no se
hundió solo un barco insumergible, se hundieron también uno a uno los últimos
estragos de una época que agonizaba lentamente. Se hundieron los caballeros de
primera clase que se apoyaban en los de tercera para poder agarrarse más a la
vida. Se hundió también todo el tiempo invertido en crear un barco que
intentara desafiar a la naturaleza, con la soberbia de subestimar un peligro
que estaba demasiado claro. Se hundió una orquesta que hasta el último minuto
quiso disfrazar y hacer olvidar la tragedia. “Y aún siguen tocando”. Se
hundieron las miles de promesas de personas que solo aspiraban a ser algo más.
Uno a uno fueron cayendo al hielo preceptos a los que algunos se aferraban y
otros detestaban, quedando congelados para recordarnos lo que pasó. No mucho
más tarde vendría la Primera Guerra Mundial, que cambiaría todo por completo. Y
los nombres de Julie, Jack, Sir Thomas y
Peter lo más seguro es que no salieran en los periódicos. Pero ellos fueron el
“Titanic”. Porque resulto no ser un barco insumergible; pero sí un cúmulo de
errores, malas decisiones, nuevas y antiguas ideas, esperanzas e ilusiones.
¿Qué fue finalmente el “Titanic”? Una tragedia que se convirtió en mito,
el hundimiento de una época y el recuerdo imborrable de que todos los males son
producidos por la sobrecarga de un margen de error demasiado pequeño. Y parece
que por mucho que oigamos a la orquesta tocar nunca aprenderemos la lección.
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