13 de abril de 2013

La tragedia que se convirtió en mito.


(Mañana se cumplen 101 años desde el hundimiento del barco insumergible. El año pasado escribí esto, pero creo que la tragedia puede ser recordada sin necesidad de fechas)

Se podría haber llamado Jack. Ser irlandés y vivir en un pequeño pueblo a las afueras de Dublín mientras veía como las luchas políticas invadían su país, escaseaban los puestos de trabajo y la miseria llegaba cada vez más su casa. Podría haber oído
hablar de América y de todo el cúmulo de oportunidades y promesas que esa palabra contiene. Y quizás, solo quizás, hubiera tenido el valor de ahorrar para comprar un billete de tercera clase que le llevara a un nuevo mundo. Aunque también se podría llamar Julie, y llevar trabajando en la compañía desde hace cinco años. Y le hubieran hablado de su nuevo trabajo como camarera de segunda clase en un barco lleno de lujos. Y lo más seguro es que lo hubiera aceptado, y con una sonrisa emprender su oficio en el barco insumergible. También es posible que su nombre no fuera otro que Sir Thomas, un “milord” de cincuenta años con una fortuna que brillaba por su nombre, pero la cuál se encontraba llena de parches que ocultaban pérdidas. Y a lo mejor viajar a América era su última oportunidad de seguir alargando el nombre de esta, porque podría casar a su hija con un joven americano sin rango pero con dólares. Y a la misma vez escapar de una Europa que hablaba de un futuro que le daba algo de miedo. Pero de la misma manera podría haber sido Peter, oficial de abordo, con un traje blanco y reluciente dispuesto a embarcarse en un viaje que marcaría un antes y después en su carrera. Y lo más seguro es que hubiera visto que no había botes para todos y que el número de camareros duplicaba al de marinos. Pero se habría callado con tal de mostrar su reluciente y nuevo uniforme de trabajo. Y, tal vez, como cado uno del resto de personas que se encontraban en aquel barco no se dieron cuenta que formaban parte de un mismo escenario. Porque el Titanic no solo reunía a pasajeros de primera, segunda o tercera clase, no solo marinos y camareros; el Titanic fue ante todo el reflejo de una sociedad que ya de por sí sola se estaba yendo a pique.
¿Qué se hundió aquella noche del 14 de Abril de 1912? Más allá de las toneladas de hierro y remaches con “un fuerte olor a pintura nueva” con el Titanic se hundieron también verjas de metal que separaban a personas, vajillas nuevas para la primera clase, y un número mucho más elevado de camareros que botes salvavidas. Aquella noche no se hundió solo un barco insumergible, se hundieron también uno a uno los últimos estragos de una época que agonizaba lentamente. Se hundieron los caballeros de primera clase que se apoyaban en los de tercera para poder agarrarse más a la vida. Se hundió también todo el tiempo invertido en crear un barco que intentara desafiar a la naturaleza, con la soberbia de subestimar un peligro que estaba demasiado claro. Se hundió una orquesta que hasta el último minuto quiso disfrazar y hacer olvidar la tragedia. “Y aún siguen tocando”. Se hundieron las miles de promesas de personas que solo aspiraban a ser algo más. Uno a uno fueron cayendo al hielo preceptos a los que algunos se aferraban y otros detestaban, quedando congelados para recordarnos lo que pasó. No mucho más tarde vendría la Primera Guerra Mundial, que cambiaría todo por completo. Y los nombres de  Julie, Jack, Sir Thomas y Peter lo más seguro es que no salieran en los periódicos. Pero ellos fueron el “Titanic”. Porque resulto no ser un barco insumergible; pero sí un cúmulo de errores, malas decisiones, nuevas y antiguas ideas, esperanzas e ilusiones. ¿Qué fue finalmente el “Titanic”? Una tragedia que se convirtió en mito, el hundimiento de una época y el recuerdo imborrable de que todos los males son producidos por la sobrecarga de un margen de error demasiado pequeño. Y parece que por mucho que oigamos a la orquesta tocar nunca aprenderemos la lección.

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