12 de abril de 2013

451


No hay dolor comparable al de ver arder una biblioteca. Cada vez que esto sucede una parte de nuestra humanidad se debilita, se queda sola ante la ignorancia y tiene miedo. Porque en un mundo sin libros es mucho fácil que te manipulen.
No hay desprecio comparable al que siento cuando se quema una iglesia. Haciéndolo, perdemos el poco respeto que teníamos como género humano y el mundo es un lugar mucho más sombrío, más triste y más apagado.
Tanto las iglesias (o cualquier templo) como las bibliotecas tienen el poder de recordarnos que, muchísimo antes de nuestra existencia, hubo otros hombres que también se equivocaron. Hombres que se preguntaron acerca de la vida, del futuro, del pasado… Y esas respuestas están, le pese a quien le pese, en los libros y en el arte. Es el único escudo que nos protege de la hipocresía, la demagogia y la injustica. No es solo una huella de nuestro pasado sino la demostración de lo que puede pasar si repetimos los errores que otros cometieron. Contra lo que mucha gente cree, es precisamente mirando hacia atrás como podemos construir un futuro diferente.
Cuando proclamamos que quemaríamos cualquier demostración de fé no estamos atacando a la Iglesia, nos estamos atacando a nosotros mismos. Estamos demostrando que clase de generación somos. Aquella a la que le molesta abrir un libro de Historia y comprobar cuantas veces son nombres de Papas y cardenales los verdaderos mecenas del arte, aquella que justifica su poca preocupación diciendo que la historia está politizada. Sin parar a pensar que es, justamente esa historia, la única juez válida en la mayoría de asuntos. Sin parar a pensar que esos ‘templos malditos’ fueron revolucionarios alguna vez y, a ratos, protegían la libertad individual de las personas. Son los músicos del Pórtico de la Gloria, como dice mi madre, los que nos enseñan que con la llegada del gótico la música se empezó a sentir. No es cuestión de fé, sino de cultura.
No cerremos bibliotecas, no quememos iglesias. No permitamos que nos arranquen lo único que nos hace un poco libres: el recuerdo y la literatura. Tal vez, es momento de recordar la frase que me comentó una amiga mía: “con la de políticos cabrones que ha habido en España, y sólo se les ocurría quemar iglesias”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario