No hay dolor comparable al de ver
arder una biblioteca. Cada vez que esto sucede una parte de nuestra humanidad
se debilita, se queda sola ante la ignorancia y tiene miedo. Porque en un mundo
sin libros es mucho fácil que te manipulen.
No hay desprecio comparable al
que siento cuando se quema una iglesia. Haciéndolo, perdemos el poco respeto
que teníamos como género humano y el mundo es un lugar mucho más sombrío, más
triste y más apagado.
Tanto las iglesias (o cualquier
templo) como las bibliotecas tienen el poder de recordarnos que, muchísimo antes
de nuestra existencia, hubo otros hombres que también se equivocaron. Hombres
que se preguntaron acerca de la vida, del futuro, del pasado… Y esas respuestas
están, le pese a quien le pese, en los libros y en el arte. Es el único escudo
que nos protege de la hipocresía, la demagogia y la injustica. No es solo una
huella de nuestro pasado sino la demostración de lo que puede pasar si
repetimos los errores que otros cometieron. Contra lo que mucha gente cree, es
precisamente mirando hacia atrás como podemos construir un futuro diferente.
Cuando proclamamos que
quemaríamos cualquier demostración de fé no estamos atacando a la Iglesia, nos
estamos atacando a nosotros mismos. Estamos demostrando que clase de generación
somos. Aquella a la que le molesta abrir un libro de Historia y comprobar
cuantas veces son nombres de Papas y cardenales los verdaderos mecenas del
arte, aquella que justifica su poca preocupación diciendo que la historia está
politizada. Sin parar a pensar que es, justamente esa historia, la única juez
válida en la mayoría de asuntos. Sin parar a pensar que esos ‘templos malditos’
fueron revolucionarios alguna vez y, a ratos, protegían la libertad individual
de las personas. Son los músicos del Pórtico de la Gloria, como dice mi madre,
los que nos enseñan que con la llegada del gótico la música se empezó a sentir.
No es cuestión de fé, sino de cultura.
No cerremos bibliotecas, no
quememos iglesias. No permitamos que nos arranquen lo único que nos hace un
poco libres: el recuerdo y la literatura. Tal vez, es momento de recordar la
frase que me comentó una amiga mía: “con la de políticos cabrones que ha habido
en España, y sólo se les ocurría quemar iglesias”.
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