Yo no escribo por placer. Lo hago por pura necesidad.
Cuando estoy mal, cuando estoy bien o cuando no sé ni como estoy, cuando he estado a punto de ahogarme o cuando la felicidad me rebosa por las orejas, en mis peligrosos momentos de recaídas y en -los aún más peligrosos- momentos de euforia descontrolada he sentido el nervio o el agobio de tener algo demasiado tiempo dentro de mí. Entonces anoto un par de frases en una hoja, abro el ordenador y escribo. Lo que sea y cómo y sea que ya después se verá lo que se va a hacer con eso. Hay veces que lo reviso una vez y lo publicó aquí, otras que directamente lo borro o -hasta algunas otras veces- lo pongo en algún sitio donde mucha gente pueda verlo.
Y, a la misma vez que me pasa escribiendo, tuve la necesidad de ser invisible.
Todavía no sé porque y, sinceramente, fue hace muchas Martas y lo veo un tanto lejano. Pero hubo un momento de mi vida que decidí hacer un blog y no decírselo a nadie. Me duró poco, si he de ser sincera, así que dejé de actualizarlo hasta que paso año y medio y tuve la necesidad de demostrarle a un novio cómo escribía. Y decidí utilizar una invisibilidad muy divertida. Publicaba cosas en twitter, le daba el enlace a mis conocidos y -hasta algunas veces- firmaba mis entradas.
Luego la cosa se puso se fea, caí en un pozo y empecé a usar esto -y a cierta persona cibernética- como sitio de lágrimas, de miedos y de ilusiones. Y me dí cuenta que la escritura tiene otro componente muy interesante: que sana. Si alguna vez tengo la oportunidad de ayudar a alguien como hicieron conmigo diré que escriba todo y más, hasta con faltas de ortografía y comas mal puestas, por el simple hecho de que es una manera de encontrarte contigo misma. Y también que lea a Montalbán.
Tras la tormenta, tras usar mi blog como valle de lágrimas, todo mejoró bastante y tuve una sensación extraña. Tenía la necesidad de ser visible. Era algo que no me había pasado nunca pero, de repente y sin previo aviso, quería que me leyeran. Que les gustara, que no, que lo encontraran interesante o infumable. Quería contar cosas a la gente y ser un poco más periodista. Ya no era tanto ayudarme a mí, como ayudar al resto. Así que dejé la invisibilidad por un tiempo y, hace unos días, me di cuenta que ya no me gusta serlo.
La cosa es que cierro el blog, o más bien me mudo. He hecho la maleta con una serie de entradas que considero rescatables y que cuentan algo más que mi aburrida vida y me he puesto en laescritorainvisible.wordpress.com mi nueva casa. Que, todo sea dicho, está de mudanzas y se tiene que arreglar un poco. Pero la cosa es que -aunque manteniendo el nombre- pretendo contar cosas que, a lo mejor, no son tan relevantes para publicarlas en facebook pero, aún así, se pueden leer.
Yo no iba a hacer esto porque doy por hecho que nadie lee mi blog, que es todo demasiado mío y que no tiene importancia. Pero cuando me da por mirar estadísticas y miro que entre los servidores de búsqueda más usados esta google.fr, tengo como esta necesidad de hacerlo. Algo parecido al deber. Y al honor. Y, además, ya hace tiempo que llegué a la conclusión que a mi padre le gusta cotillear mis amoríos breves y desamores largos. Y, bueno, me parecía injusto. Un poco más de lo que suelo serlo.
((También es verdad que tengo claro que tendré la necesidad de decir que mis ex han sido terribles, que quiero mucho a una persona o que todo va bien con mis pataletas de "te jodes porque no es contigo". Y para todas esas cosas que no quiero que lean pero que publico con el morbo de que sé que se pueden leer, prefiero la plantilla de blogger. Esa a la que tantas veces he llorado. Supongo que dentro de un tiempo -meses, años o días- tendré la necesidad de volver a ser invisible y escribiré alguna parrafada de las mías. Pero sólo si me guardáis el secreto.))

