31 de marzo de 2014

La Escritora Invisible

Yo no escribo por placer. Lo hago por pura necesidad. 

Cuando estoy mal, cuando estoy bien o cuando no sé ni como estoy, cuando he estado a punto de ahogarme o cuando la felicidad me rebosa por las orejas, en mis peligrosos momentos de recaídas y en -los aún más peligrosos- momentos de euforia descontrolada he sentido el nervio o el agobio de tener algo demasiado tiempo dentro de mí. Entonces anoto un par de frases en una hoja, abro el ordenador y escribo. Lo que sea y cómo y sea que ya después se verá lo que se va a hacer con eso. Hay veces que lo reviso una vez y lo publicó aquí, otras que directamente lo borro o -hasta algunas otras veces- lo pongo en algún sitio donde mucha gente pueda verlo.

Y, a la misma vez que me pasa escribiendo, tuve la necesidad de ser invisible. 

Todavía no sé porque y, sinceramente, fue hace muchas Martas y lo veo un tanto lejano. Pero hubo un momento de mi vida que decidí hacer un blog y no decírselo a nadie. Me duró poco, si he de ser sincera, así que dejé de actualizarlo hasta que paso año y medio y tuve la necesidad de demostrarle a un novio cómo escribía. Y decidí utilizar una invisibilidad muy divertida. Publicaba cosas en twitter, le daba el enlace a mis conocidos y -hasta algunas veces- firmaba mis entradas. 

Luego la cosa se puso se fea, caí en un pozo y empecé a usar esto -y a cierta persona cibernética- como sitio de lágrimas, de miedos y de ilusiones. Y me dí cuenta que la escritura tiene otro componente muy interesante: que sana. Si alguna vez tengo la oportunidad de ayudar a alguien como hicieron conmigo diré que escriba todo y más, hasta con faltas de ortografía y comas mal puestas, por el simple hecho de que es una manera de encontrarte contigo misma. Y también que lea a Montalbán. 

Tras la tormenta, tras usar mi blog como valle de lágrimas, todo mejoró bastante y tuve una sensación extraña. Tenía la necesidad de ser visible. Era algo que no me había pasado nunca pero, de repente y sin previo aviso, quería que me leyeran. Que les gustara, que no, que lo encontraran interesante o infumable. Quería contar cosas a la gente y ser un poco más periodista. Ya no era tanto ayudarme a mí, como ayudar al resto. Así que dejé la invisibilidad por un tiempo y, hace unos días, me di cuenta que ya no me gusta serlo.

La cosa es que cierro el blog, o más bien me mudo. He hecho la maleta con una serie de entradas que considero rescatables y que cuentan algo más que mi aburrida vida y me he puesto en laescritorainvisible.wordpress.com mi nueva casa. Que, todo sea dicho, está de mudanzas y se tiene que arreglar un poco. Pero la cosa es que -aunque manteniendo el nombre- pretendo contar cosas que, a lo mejor, no son tan relevantes para publicarlas en facebook pero, aún así, se pueden leer.

Yo no iba a hacer esto porque doy por hecho que nadie lee mi blog, que es todo demasiado mío y que no tiene importancia. Pero cuando me da por mirar estadísticas y miro que entre los servidores de búsqueda más usados esta google.fr, tengo como esta necesidad de hacerlo. Algo parecido al deber. Y al honor. Y, además, ya hace tiempo que llegué a la conclusión que a mi padre le gusta cotillear mis amoríos breves y desamores largos. Y, bueno, me parecía injusto. Un poco más de lo que suelo serlo.

((También es verdad que tengo claro que tendré la necesidad de decir que mis ex han sido terribles, que quiero mucho a una persona o que todo va bien con mis pataletas de "te jodes porque no es contigo". Y para todas esas cosas que no quiero que lean pero que publico con el morbo de que sé que se pueden leer, prefiero la plantilla de blogger. Esa a la que tantas veces he llorado. Supongo que dentro de un tiempo -meses, años o días- tendré la necesidad de volver a ser invisible y escribiré alguna parrafada de las mías. Pero sólo si me guardáis el secreto.))

2 de febrero de 2014

Si hubiera podido



Soy amiga de las lágrimas porque me parecen necesarias, curativas y purificantes. Porque tienen una función y, a ratos, se nos olvida cuál es. Por la sensación de después y por todas esas veces que alzaré mi copa en estados donde la felicidad y la ebriedad se confunden.

Intento volver aparecer, hacer 'toc-toc' porque no me parece justo. Nada. Porque, qué coño, nunca fui una buena acompañante y porque, a veces, es igual de importante decirle a alguien cuando es culpable de tus lágrimas. Al igual que lo hago cuando son sonrisas.

Mi problema, o uno de los miles que me conforman, es que nunca sé actuar cómo se debe. Y que luego hay muchos ratos muertos para recordar los "y si..." o "si hubiera podido".

Porque, si hubiera podido, no me habría levantado de aquel banco ni reido ni comentado. Me hubiera quedado quieta, con gesto de desdén y algo vestido de indiferencia, escuchando tus excusas mal hiladas que, todavía, me recuerdan a palabras que esconden algo que te hice jurar no hacer. "Que nunca hago" y que no termino de creer. Si hubiera podido me hubiera largado tras escucharlas dejándote pensando y hubiera cerrado capítulo y a otra cosa, mariposa.

Pero no lo hice.

De haber tenido valor, que se dice pronto, te hubiera dicho lo que merecías. "Cobarde". Porque, aunque te justifiques con excusas para poder dormir, hay cosas que no se hacen. Y no se empiezan las cosas 'por probar' ni 'creyendo que saldrán'. No, así no funciona la vida.

Porque hay veces que estamos otras personas involucradas. Personas a las que nos cuesta dormir, que lloramos mucho y que tenemos corazones que no vuelven a latir igual. Personas que reímos los 'me acabarás dejando' escondiendo un 'por favor, por favor, no me des la razón, no te vayas'. Personas que serán incapaces de decírtelo a la cara y que proclaman no tener problemas. Aunque los tengan. 

Supongo que para ti nunca fue nada y supongo que nunca leerás esto. Como siempre. Y supongo que yo acabaré estando bien, otra vez, y volveré a amarrarme a alguien esperando que me cure las cicatrices. Aunque sea algo que tengo que hacer yo.

Y, lo más seguro, es que vuelva a lo mismo. "De haberlo sabido" cantaré mil veces.

23 de enero de 2014

Mucho mejor.

Hay días que, con mucha suerte, acaban.

Noches que se retrasan por medio de una lista de cosas a medio hacer. Cansancio acomulado en la espalda, en los ojos y en el corazón. Tú marcas los tiempos, o al menos eso crees. Hay veces que no controlas lo que te envuelve, lo que te rodea, ni tu nota de lengua. Suenan canciones determinadas en momentos específicos. Y parece que todo se derrumba.

Mañana no tiene mejor pinta. Rodeada de desorden, de gente que sonríe pero no ayuda, te tocará levantarte a las siete y media a memorizar temas de sociología sin fin. Echar de menos ha dolido mucho más antes pero jamás con esa rabia. Esa impotencia, ese nudo en el estomágo.

"Quitarme las gafas y que sea la vida la que se encargue de ponermelas cuando haga falta" reza un trozo de papel en tu corcho. Suena a algo que escribiste en la Moleskine, a una llamada de telefono con Cris y a una felicidad momentanéa. Vivimos de ellas.

Sólo quieres estar sola, un rato, o con esa persona. Pero ni está ni la soledad es buen aderezo para la vida. Así que toca sonreir, levantarse mañana y buscar motivos. Que siempre los hay.

Estoy muy orgullosa de ti, de tus caídas y todas las veces que te levantas. De que no hayas dejado de comer, y de que sepas lo que vales. Lo que mereces.

Eres grande, Marta. Por el simple hecho de que quieres que hoy acabe porque sabes que mañana será mejor.

Mucho mejor.

19 de enero de 2014

"se había convertido en princesa"

No es raro que las canciones te recuerden a personas, sucesos, situaciones, miedos y sentimientos. Para nada. Sin embargo, nunca he sido muy fan de ese cosquilleo cuando hay una canción que recuerda, remueve y hace "plum, ya llegué". Así que me protejo de la manera más fácil -y cobarde- del mundo: con cada etapa de mi vida hay x grupos o cantantes nuevos, y cuando esa etapa termina, se borra de la lista del Spotify y a dejar que el tiempo borre todos los recuerdos. Y ABBA, ABBA siempre funciona. 

Porque siempre prefiero quedarme con los libros de la gente.

Pero, ¿sabes lo que pasa? Que me he dado cuenta que hay algo común en todos esos grupos, esas canciones y esas etapas. Yo. Que se dice pronto. Y que ya no duelen.

Y que ABBA sigue molando.

Supongo que se llama crecer. 

(Aunque a veces se sienta raro)

Y que eso, Diego, que "fue precioso nuestro amor"

18 de enero de 2014

Cosas que me propuse y conseguí (y por ello están colgadas en mi corcho, para recordarmelo)


  • Estudiar Periodismo en Madrid, desde que tenía ocho años y descubrí que quería aportar en la cola del paro. Y lo tuve siempre tan claro -aunque a veces no me lo creía- que me da esa sensación de paz cuando pienso que sí, joder, que lo estoy haciendo.
  • Vivir en el extranjero. Es verdad que esto se me adelanto un poquito y esperar esperar nunca lo esperé. O al menos nunca me vi con 15 años en Noruega y, quien me lo iba a decir, ahora ese país es algo más que el salmón, los fiordos y Mette-Marit.
  • Ir a París. Desde que empecé a estudiar francés -benditos ocho años- me lo propuse. Lo que tampoco esperaba es que vendrían también Londres, Bruselas, Eupen, Roma, Florencia y Venecia. 
  • Sacar Matrícula de Honor en Bachillerato. Y en la E.S.O.
  • Tener un novio madrileño. Y lo reconozco, de las peores experiencias de mi vida. Pero, de todo se aprende. Y que el acento gallego es mucho más agradable, bonito, educado y cariñoso. (Lógicamente esto no aparece en mi corcho, faltaría más, ya le gustaría)
Esto viene a cuento de que el Colegio Mayor te da muchas amigas más mayores, más maduras y más responsables que hablan de algo llamado las 'energías'. Y tú, que eres una bohemia de la vida, que usas vaqueros rotos y lees a Bukowski pues no te lo crees. Por esto de que el amor es fruto de una casualidad, que le damos demasiada importancia y que, al final, sólo cuenta el esfuerzo.

Y que sí, que hay que esforzarse, que ninguno de los puntos anteriores se habría conseguido sin esa palabrita. Pero que también es mucho más fácil esforzarse con una sonrisa en la cara diciendo "he aprobado ya todo". 

Porque sí, porque yo ya lo he aprobado todo y estoy trabajando como periodista. Sólo queda que me lo confirmen.

(Y estoy con él, aunque él no lo sepa)

Para que veas, papá, que a optimismo no me gana nadie aunque leyendo esto -que sí, que sé que lo lees- te puedas crear lo contrario. 

17 de enero de 2014

Jodido sentimiento.

¿Que por qué?

Porque sí te dio tiempo a dejar huella. Porque me acostumbré a que me trataras bien y porque ahora me doy cuenta que nunca lo habían hecho. O al menos no de la misma manera.

Nunca me habían enseñado lo que era una relación sana, con espacios, con vidas diferentes, sin dependencia. Nunca había experimentado lo que era sentirme suficiente, suficientemente guapa, suficientemente lista y suficientemente válida para estar contigo. Ni si quiera hacía falta que lo dijeras cada día. Yo misma me daba cuenta, y no sabes lo que vale eso. Nunca me había adaptado tan bien a unos brazos, ni a unos besos, ni a unas manos. Nunca había jugado tanto, a sabiendas que había colchón de seguridad. Porque tú, precisamente tú, no ibas a romperme el corazón. Y de aquí maldigo a todos y a cada uno de los que me lo prometían. Nunca había soñado tanto, nunca había sentido tanta paz. Era como flotar ¿sabes? Como estar segura que, por una vez, todo iba bien. Iba correcto. Que tú estabas a mi lado, pero que podía seguir sin ti.

¿Sabes cuál es el problema?

Que soy totalmente capaz de seguir sin ti, por supuesto. Pero no quiero. Quiero estar aquí, ahí o donde sea. Sentirme parte de algo. Te echo de menos porque sí. Porque no es un sentimiento tan raro y, a veces, pasa. Porque es como perder a un amigo. Y en eso también tengo experiencia.


Te echo de menos.

15 de enero de 2014

Nunca te perdonaré esta hoja en blanco...

...nunca os perdonaré que me dejarais después de regalaros un libro.