13 de diciembre de 2013

Hay cicatrices que se quedan. Y también hay corazones que no vuelven a latir igual.

Conozco los gemidos, los suspiros, los momentos de felicidad, los aceleramientos de un cuerpo, los cerrar los ojos y aspirar el aire. Las sonrisas, las carcajadas, los sueños, las bromas, las frases y los guiños. Los paseos y mis enfados fingidos. Las manos que se entrelazan y recorrer espaldas. Lo sé todo y a la vez no sé nada. Soy de las de ‘despacito y con buena letra’, lo siento. Otra vez.

Pero también conozco las lágrimas, conozco el desamor y la desilusión. Aceptar que todo ha acabado, echarte la culpa y ver que no eres suficiente. “No eres ‘tan’ alta, ni tan baja, ni tan pequeña, ni tan exhuberante, ni tan delgada. Ni tienes una sonrisa especial, ni unos ojos distintos ni un pelo especial.” No lo soy, no lo tengo.

No sé hacer fotos, ni mucho menos salir en ellas. No sé escribir bien ni leer cosas interesantes que salen en tus revistas. No controlo los ordenadores ni dibujar. Ni siquiera sé qué color va mejor con este otro. No soy yo.

Sé llorar delante de un plato de comida, sé no sentirme suficiente y sé hacerme preguntas. Sé hablar mucho y mal, sé decir palabrotas y cabrearme por todo. Se me da bien ser desordenada y no guardar la ropa sucia, ni echarla a lavar. No lo sé.

Nunca seré ellas y necesito que me digan mis virtudes, que me las repitan y que me las marcan a fuego lento con abrazos. Y dará igual porque seguiré mordiéndome el labio y llorando.

Hay corazones que nunca funcionan igual, ten cuidado con éste. Te lo ruego.

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