30 de diciembre de 2013

Propósitos de año nuevo.


  • Aprobarlo TODO (con la mejor nota posible)
  • Repasar francés e inglés (pelis en VO, libros, etc...)
  • Organizarme un poco mejor.
  • Actualizar los blogs una vez a la semana.
  • Aprender a hacer listas que se puedan cumplir.
  • Aprender a chapurrear gallego.
  • Tarde de museos mínimo una vez al mes.
  • Buscar excusas para ir al cine.
  • Excursiones.
  • Analizar literatura desconocida (principios del siglo XX, ensayos, teatro, poesía contemporánea...)
  • Aprender a aporrear la guitarra.
  • Paseos anti-estres una vez a la semana.
  • Organizarse el dinero mejor.
  • Leer cuando se pueda y siempre antes de dormir.
  • Rebuscar libros bonitos, feos, caros, baratos, viejos o nuevos.
  • Escribir mucho, leer más.
  • SENTIRME GUAPA y hacer por sentirlo.
  • Decirme piropos y abandonar las comparaciones.
  • Muchos cafés, cervezas y paseos con gente chachi.
  • Pedir abrazos cuando se necesiten... y darlos.
  • Cumplir 19 años, en todos los sentidos.
  • Escuchar siempre, hablar menos y reír (de) más.
  • SER FELIZ.
Y, sobre todo, no dejar de avanzar. Ser más lista, más madura, más culta y más mayor. Hacia delante, SIEMPRE.

29 de diciembre de 2013

2013

Aunque me duela, personalizas mi 2013.

Porque empezó llamándote desesperada y termina conmigo preguntándome que narices hago, ahora que todo está bien, pensando en ti. Pero ya ves, a veces me da por mirar tu fotografía, sacar tu camiseta y observarla. Para luego volver a guardarla, tener mis cinco minutos de debilidad y sentarme a escribir. Con lo que te molestaba y te enamoraba a partes iguales que no tuviera mejor manera de afrontar mis problemas.
Me producías dudas e inestabilidad. Y yo afirmaba rotunda que era porque te quería muchísimo más de lo que voy a querer nunca a nadie. Me dabas dolor de cabeza y, a ratos, me lo sigues dando. A ratos me pica los lugares donde me mordías con rabia cuando decía algo demasiado sincero. Luego me acuerdo de mis abrazos desesperados cuando parecía que te ibas, que no ibas a volver. Me toca pensar en tu olor, en cómo me tranquilizaba y cierro los ojos. Dejando, por un momento, que los recuerdos bonitos me sanen. Como he hecho tantas veces este año…

Como aquella vez que decidiste acabarlo todo de la misma manera de la que me decías que nunca encontrarías a nadie como yo. Como tus mentiras y las fechas que resultan que no eran solo mías. Como cada vez que me echabas en cara todo lo que yo no estaba haciendo por mí. Como llamarme mala feminista y que nunca te gustaran mis canciones. Como cada lagrima, aunque “morías si eras tú el que me hacía sentir mal”.

Y, en estos momentos de intimidad, me doy cuenta de que ya no llega tu olor. De que no me acuerdo de él. ¿Por qué? Porque ya no lo necesito. Porque me volviste lo suficientemente fuerte para seguir sin tus abrazos, porque mi piel empezó a olvidarse de tus labios y mis manos de tu pelo. Porque te quitaste la barba y me engañaste en todo el sentido que se puede usar esa palabra. Desde en tus caricias hasta en los motivos para irte. Sin más.

¿En qué quedamos? En lo que todo el mundo me decía que iba a pasar, contigo rogándome un futuro otra vez y en mí mirándote con la condescendida con la que miro lo que alguna vez estuvo a mi lado. Y, en parte, me da rabia. Porque llenaste de recuerdos, bonitos y feos, un año que nunca te tuvo que pertenecer. Un año que era sólo mío, y lo olvidé. Perdiendo la cabeza por tus sonrisas y el culo por un mísero “buenos días princesa”. Nunca más.

Al igual que no volverán el sentirme pequeña al lado de ninguna ni de ninguno. Ni las noches sin dormir, ni estar todo un día hablando con alguien, ni que fuera necesario que me dijeras todas las noches que descansara. Ni perder mis vacaciones en ti, ni mis ahorros. Y que tú respondieras como sólo tú sabías, echándome la culpa de mis defectos y alegando que “tenías otras cosas que hacer”. Ni nuestras broncas. Todo eso que yo creía que era bueno, que era por lo que te quería.

Mi 2014 sólo será de mí, lo tengo claro. De mis problemas, de mis errores, de mis sueños, mi Madrid (que no conseguiste hacerlo tuyo), mi playa, mis viajes y mi cabeza por las nubes. Con mi locura, mis bailes y mis canciones, esos que usé para esconderme y acabaron gustándome mucho más. De todos los que quieran acompañarme. Porque quieren, no porque les “obligo”.

Porque tú ya no eres nada. Y porque descubrí que me gusta más aquel que, de verdad, quiere estar conmigo con mis subidas y mis bajadas. Mi parte alta y mi parte baja. Y que encuentra encanto en cada una de ellas sin querer cambiarlas.

Gracias, por mostrarme lo que nunca más quiero tener. Feliz 2014.


(Los princesa, niña, cariño, guapa, enana y peque suenan muy bien ahora que me los dicen. Créeme, ahora sé que no te estaba pidiendo de más.)

25 de diciembre de 2013

Sal contigo misma.


Un lunes, un martes o un viernes a mediodía. Sal con la chica de las ojeras marcadas y los labios rojos. Incluso cuando los lleva sin maquillar. Sal con el café que te prepares cada lunes y con las canciones que te pillas murmurando en un descuido. Sal con la chica que miras cada mañana al espejo y te sorprendes observando con curiosidad.

Sal contigo misma. Los martes de mal humor y los miércoles de felicidad. Un 25 de Diciembre y un 14 de Marzo. Porque si buscas estabilidad, ten claro que eres la única que vas a estar siempre ahí. Sal con los vestidos y con los vaqueros rotos y con las chaquetas que te compras en las rebajas porque a ti te gustan. Sólo a ti, y eso basta.

Sal con ella porque, mira qué casualidad, es la única con la que vas a coincidir en gustos musicales y cinematográficos. Es a la única que se va a emocionar con el renglón exacto de la página exacta de tu libro favorito a los nueve años. Y a los dieciocho. Es la  única que va a querer ver Amélie en el sofá, o ir al cine aunque truene. Porque nunca tendrás que pelearte por un disco favorito, ni por qué canción escoger en el coche de vuelta a casa.

Sal con ella y con los amigos que decida escoger. Con sus errores, sus malos momentos y sus amores rápidos e inconsciente. Sal con su experiencia y con sus historias porque va a ser la que mejor los comprenda. Ella entenderá porque decidiste hacer eso y porque sonríes de esa manera especial. Sal con sus compañeros y con su familia. Con sus cenas y  sus fines de semana. Con sus sueños y sus planes de futuro. Sus copas y sus bailes. Porque, aunque sean alocados, los entenderás.

Pero, tenlo claro, cuídala. Regálate flores imaginarias cada mañana y un piropo al verte al espejo. Regálate esos zapatos que tanto quieres y ese trozo de chocolate que tanto que apetece. Date besos, abrazos y llamadas a tus amigos. Planea ese viaje a Londres cuándo puedas y quieras. Sabes perfectamente lo que ella espera… y, si no, pues tocará descubrirlo. Cuídate cada minuto porque sólo tienes esos.

No busques a la persona de tu vida, porque eres tú la única que puede vivirla. Y disfrutarla. 


Marta.

13 de diciembre de 2013

Hay cicatrices que se quedan. Y también hay corazones que no vuelven a latir igual.

Conozco los gemidos, los suspiros, los momentos de felicidad, los aceleramientos de un cuerpo, los cerrar los ojos y aspirar el aire. Las sonrisas, las carcajadas, los sueños, las bromas, las frases y los guiños. Los paseos y mis enfados fingidos. Las manos que se entrelazan y recorrer espaldas. Lo sé todo y a la vez no sé nada. Soy de las de ‘despacito y con buena letra’, lo siento. Otra vez.

Pero también conozco las lágrimas, conozco el desamor y la desilusión. Aceptar que todo ha acabado, echarte la culpa y ver que no eres suficiente. “No eres ‘tan’ alta, ni tan baja, ni tan pequeña, ni tan exhuberante, ni tan delgada. Ni tienes una sonrisa especial, ni unos ojos distintos ni un pelo especial.” No lo soy, no lo tengo.

No sé hacer fotos, ni mucho menos salir en ellas. No sé escribir bien ni leer cosas interesantes que salen en tus revistas. No controlo los ordenadores ni dibujar. Ni siquiera sé qué color va mejor con este otro. No soy yo.

Sé llorar delante de un plato de comida, sé no sentirme suficiente y sé hacerme preguntas. Sé hablar mucho y mal, sé decir palabrotas y cabrearme por todo. Se me da bien ser desordenada y no guardar la ropa sucia, ni echarla a lavar. No lo sé.

Nunca seré ellas y necesito que me digan mis virtudes, que me las repitan y que me las marcan a fuego lento con abrazos. Y dará igual porque seguiré mordiéndome el labio y llorando.

Hay corazones que nunca funcionan igual, ten cuidado con éste. Te lo ruego.

5 de diciembre de 2013

Machimonguer versión bachillerato.

(Aunque hace dos meses 'y pico' que ya no tengo 17 años, aquí está)

Tengo 17 años. Son las cinco en punto de una tarde de Abril en una ciudad del sur de España. Me explico, hace mucho calor. Necesito una camiseta de tirantes para soportarlo y con ella se ve… ¿qué coño? Llevo escote porque me gusta cómo me queda  y porque yo puedo enseñar lo que me da la gana. Faltaría más. El caso es que actúo como voluntaria en un festival de teatro greco-latino para estudiantes de instituto (malditos seamos) y me toca sostener un cartelito con una gran E para diferenciar los distintos lugares de las gradas. No me hace falta llevar las gafas de sol graduadas para verlo bien. Moreno, más bien alto, cuerpo de gimnasio (ejem, ejem, inyectado en helio), gorra con la visera para atrás y camiseta de los Lakers. Sujeta en ambos brazos a dos muchachas que ríen constantemente. “Machimonguer versión bachiller localizado”. Mi mente se pone en alerta y contemplo con tristeza como acude hasta mi sección.  Por su cara cruza una rápida sonrisa y en seguida fija su mirada en una parte concreta  de mi cuerpo. 
-Hola, guapa. 
-Por favor procurad ocupad todos los sitios antes de ir hacia otra fila.-contestó secamente mirando a las chicas que van con él.
-¿Llevas la E de Edu? Eso es el destino, nena.
No soy capaz de contestarle que no soy nena de nadie y mucho menos de él. Y eso me enrabieta aún más. Sin embargo, su misión de amargarme la tarde no termina ahí y lo siguiente que empiezo a recibir son miradas a mi culo y comentarios del tipo “estaríamos mejor en el baño”, “¿no te apetece sentarte un rato con nosotros?”, etc, etc…  Intento mantener el tipo como puedo porque está mal que me ponga a pegarle con el cartel. La gota colma el vaso cuando una de sus amigas me suelta un: “Que seca eres, encima que te dice cosas bonitas.” Me dan ganas de decirle a esa chica que piropear a una mujer debido a aspectos meramente externas no es ‘algo bonito’. Es acoso y machismo. Me lo hace por el simple hecho de que no tengo pene y él se considera en una posición superior que le da derecho a decirme lo que le dé la gana. Porque cuando dices algo bonito no quieres hacer sentir mal a nadie y, a lo mejor tengo un problema mental, no me gusta que un tío empiece a decirme lo mucho que me follaría cuando yo no me acercaría a él ni a trescientos metros.
Regreso a mi casa alicaída por el momento vivido. Más que por el tío en cuestión, por la reacción de las amigas: incapaces de decirle que parara aún sabiendo (porque era de cajón) que yo no lo estaba pasando bien. Cuando comento lo ocurrido con mi madre recibo un “es que esa camiseta te marca mucho el pecho”. Sinceramente, me gustaría vivir en un mundo en el cual el machismo no fuera justificable por la ropa que lleve la mujer en concreto. Supongo que hubiera hecho mucho más bien mandándole a él y a sus amigas a la más grande de las mierdas (o al Hades, ya que estábamos). Por ahora, me conformo con escribirlo: Iros a tomar por el culo.