Aunque me duela, personalizas mi 2013.
Porque empezó llamándote desesperada y termina conmigo preguntándome que narices hago, ahora que todo
está bien, pensando en ti. Pero ya ves, a veces me da por mirar tu fotografía,
sacar tu camiseta y observarla. Para luego volver a guardarla, tener mis cinco
minutos de debilidad y sentarme a escribir. Con lo que te molestaba y te
enamoraba a partes iguales que no tuviera mejor manera de afrontar mis
problemas.
Me producías dudas e
inestabilidad. Y yo afirmaba rotunda que era porque te quería muchísimo más de
lo que voy a querer nunca a nadie. Me dabas dolor de cabeza y, a ratos, me lo
sigues dando. A ratos me pica los lugares donde me mordías con rabia cuando
decía algo demasiado sincero. Luego me acuerdo de mis abrazos desesperados
cuando parecía que te ibas, que no ibas a volver. Me toca pensar en tu olor, en
cómo me tranquilizaba y cierro los ojos. Dejando, por un momento, que los
recuerdos bonitos me sanen. Como he hecho tantas veces este año…
Como aquella vez que decidiste
acabarlo todo de la misma manera de la que me decías que nunca encontrarías a
nadie como yo. Como tus mentiras y las fechas que resultan que no eran solo
mías. Como cada vez que me echabas en cara todo lo que yo no estaba haciendo
por mí. Como llamarme mala feminista y que nunca te gustaran mis canciones.
Como cada lagrima, aunque “morías si eras tú el que me hacía sentir mal”.
Y, en estos momentos de
intimidad, me doy cuenta de que ya no llega tu olor. De que no me acuerdo de
él. ¿Por qué? Porque ya no lo necesito. Porque me volviste lo suficientemente
fuerte para seguir sin tus abrazos, porque mi piel empezó a olvidarse de tus
labios y mis manos de tu pelo. Porque te quitaste la barba y me engañaste en
todo el sentido que se puede usar esa palabra. Desde en tus caricias hasta en
los motivos para irte. Sin más.
¿En qué quedamos? En lo que todo
el mundo me decía que iba a pasar, contigo rogándome un futuro otra vez y en mí
mirándote con la condescendida con la que miro lo que alguna vez estuvo a mi
lado. Y, en parte, me da rabia. Porque llenaste de recuerdos, bonitos y feos,
un año que nunca te tuvo que pertenecer. Un año que era sólo mío, y lo olvidé.
Perdiendo la cabeza por tus sonrisas y el culo por un mísero “buenos días
princesa”. Nunca más.
Al igual que no volverán el
sentirme pequeña al lado de ninguna ni de ninguno. Ni las noches sin dormir, ni
estar todo un día hablando con alguien, ni que fuera necesario que me dijeras todas
las noches que descansara. Ni perder mis vacaciones en ti, ni mis ahorros. Y
que tú respondieras como sólo tú sabías, echándome la culpa de mis defectos y alegando
que “tenías otras cosas que hacer”. Ni nuestras broncas. Todo eso que yo creía
que era bueno, que era por lo que te quería.
Mi 2014 sólo será de mí, lo tengo
claro. De mis problemas, de mis errores, de mis sueños, mi Madrid (que no
conseguiste hacerlo tuyo), mi playa, mis viajes y mi cabeza por las nubes. Con
mi locura, mis bailes y mis canciones, esos que usé para esconderme y acabaron gustándome
mucho más. De todos los que quieran acompañarme. Porque quieren, no porque les “obligo”.
Porque tú ya no eres nada. Y
porque descubrí que me gusta más aquel que, de verdad, quiere estar conmigo con
mis subidas y mis bajadas. Mi parte alta y mi parte baja. Y que encuentra encanto en cada una de ellas sin querer cambiarlas.
Gracias, por mostrarme lo que nunca
más quiero tener. Feliz 2014.
(Los princesa, niña, cariño,
guapa, enana y peque suenan muy bien ahora que me los dicen. Créeme, ahora sé
que no te estaba pidiendo de más.)