El gallego suele tener muy claro que ‘todo el mundo va a lo
suyo, menos yo que voy a lo mío’. Por lo cual nunca le dará mayor importancia a
lo que hace el resto de las personas y defenderá a muerte lo que considera
suyo. Y su primera hija lo es.
Es protector por lo que siempre intentará que nunca se hagan
nada de daño. Es el típico padre que va detrás de ti cuando montas en bici por
primera vez, se sumerge con un tubito en el agua si buceas y te acompaña a
clase el primer día. Porque el padre gallego tiene muy claro si por él fuera su
hija no saldría de clase “por si acaso”. El “por si acaso” basa la vida de todo
padre gallego. Junto al “y si le hacen algo” o el “si se encuentra con alguien
malo” o el “¿¡y si se encuentra con algún chico!?”
Los chicos son el mayor peligro para un padre gallego, no
hay duda alguna. Es ese ser que va desde el niño de cinco años que le da una
florecilla en el patio del colegio y los “¿es tu novio? ¿es tu novio?”
desesperados a una niña que dice que “puagh, los chicos dan asco”. También es
el protagonista de las amenazas tipo “a tu primer novio le parto las piernas”
cuando tienes once años y te pones nerviosa pensando que jamás podrás
presentarle a nadie. Llega el primer
novio, los primeros “¿cómo que te lleva al cine? ¿Quién se cree el mongolo
este?”, el primer desamor y los primeros lloros. Ahí descubres la otra función
del padre gallego: aquel que te lleva de paseo, te compra una empanadilla y te
dice calmado que la vida es eso, “aprender a perder y volver a empezar”. Y
luego añade que, sinceramente, el chaval ese es un gilipollas. Pero tendrá que
afrontar la dura realidad: su niña, aunque juré no volver a enamorarse, volverá
a quedar con otro chico para ir al cine.
El gallego tiene dos formas de reaccionar ante el llanto de
una hija. Cuando no sabe el por qué de ese llanto, el padre gallego se pone
tristón, va con la mirada perdida y se pregunta a quién narices tendrá que
arrancarle la cabeza. La segunda está, claramente, en cuando el llanto lo
produce una rabieta debido a una prohibición suya. Entonces el padre gallego
tiene una curiosa respuesta “uy, que mal lloras, tienes que aprender a llorar
mejor”. En ese momento sabes que no hay nada que puedas hacer, que mejor dejas
de llorar y pasas al “porfa papi, porfa, porfa”. Porque un gallego nunca podrá
resistirse al “porfa papi” de su hija.
Seamos sinceros, al padre gallego le cuesta cabrearse. Tiene
esa calma que le da la lluvia, esa sonrisa que intenta ocultar cuando su hija
se pone pesada y esa manera de escabullirse tan gallega cuando la cosa no va
con él. Pero, es verdad, que, a veces y sólo a veces, su hija se pone muy
pesada y entonces le pega un grito. Explota la tormenta. Porque su hija abre
mucho los ojos y lo sigue con un “TE ODIO”. Es castigada a su cuarto y jura no
volver a hablarle en su vida por que se ha quedad sin salir. El padre gallego
entonces comprende que eso es un paso importante en su educación, sonríe algo
orgulloso y piensa que ya se le pasará.
Pero a los cinco minutos está en el cuarto de su hija
diciendo ‘no te enfades, no te enfades, no te enfades’ mientras la madre
cartagenera roda los ojos y piensa que no tiene remedio. Es gallego, va a lo suyo ¿qué le vamos a
hacer?


