30 de noviembre de 2013

Un padre gallego.


El gallego suele tener muy claro que ‘todo el mundo va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío’. Por lo cual nunca le dará mayor importancia a lo que hace el resto de las personas y defenderá a muerte lo que considera suyo. Y su primera hija lo es.

Es protector por lo que siempre intentará que nunca se hagan nada de daño. Es el típico padre que va detrás de ti cuando montas en bici por primera vez, se sumerge con un tubito en el agua si buceas y te acompaña a clase el primer día. Porque el padre gallego tiene muy claro si por él fuera su hija no saldría de clase “por si acaso”. El “por si acaso” basa la vida de todo padre gallego. Junto al “y si le hacen algo” o el “si se encuentra con alguien malo” o el “¿¡y si se encuentra con algún chico!?”

Los chicos son el mayor peligro para un padre gallego, no hay duda alguna. Es ese ser que va desde el niño de cinco años que le da una florecilla en el patio del colegio y los “¿es tu novio? ¿es tu novio?” desesperados a una niña que dice que “puagh, los chicos dan asco”. También es el protagonista de las amenazas tipo “a tu primer novio le parto las piernas” cuando tienes once años y te pones nerviosa pensando que jamás podrás presentarle a nadie.  Llega el primer novio, los primeros “¿cómo que te lleva al cine? ¿Quién se cree el mongolo este?”, el primer desamor y los primeros lloros. Ahí descubres la otra función del padre gallego: aquel que te lleva de paseo, te compra una empanadilla y te dice calmado que la vida es eso, “aprender a perder y volver a empezar”. Y luego añade que, sinceramente, el chaval ese es un gilipollas. Pero tendrá que afrontar la dura realidad: su niña, aunque juré no volver a enamorarse, volverá a quedar con otro chico para ir al cine.

El gallego tiene dos formas de reaccionar ante el llanto de una hija. Cuando no sabe el por qué de ese llanto, el padre gallego se pone tristón, va con la mirada perdida y se pregunta a quién narices tendrá que arrancarle la cabeza. La segunda está, claramente, en cuando el llanto lo produce una rabieta debido a una prohibición suya. Entonces el padre gallego tiene una curiosa respuesta “uy, que mal lloras, tienes que aprender a llorar mejor”. En ese momento sabes que no hay nada que puedas hacer, que mejor dejas de llorar y pasas al “porfa papi, porfa, porfa”. Porque un gallego nunca podrá resistirse al “porfa papi” de su hija.
Seamos sinceros, al padre gallego le cuesta cabrearse. Tiene esa calma que le da la lluvia, esa sonrisa que intenta ocultar cuando su hija se pone pesada y esa manera de escabullirse tan gallega cuando la cosa no va con él. Pero, es verdad, que, a veces y sólo a veces, su hija se pone muy pesada y entonces le pega un grito. Explota la tormenta. Porque su hija abre mucho los ojos y lo sigue con un “TE ODIO”. Es castigada a su cuarto y jura no volver a hablarle en su vida por que se ha quedad sin salir. El padre gallego entonces comprende que eso es un paso importante en su educación, sonríe algo orgulloso y piensa que ya se le pasará.


Pero a los cinco minutos está en el cuarto de su hija diciendo ‘no te enfades, no te enfades, no te enfades’ mientras la madre cartagenera roda los ojos y piensa que no tiene remedio.  Es gallego, va a lo suyo ¿qué le vamos a hacer?

29 de noviembre de 2013

'justo un año después'

 Dije, lloré y pataleé hasta que me quedé sin voz dando por hecho que no tenías derecho a escuchar otra cosa después de lo mal que lo estaba pasando. Nunca me di cuenta que, quizás, tú también lo estabas pasando mal o que, quizás, era muchísimo más sencillo así. Y, ahora, justo hoy, me da por pensar que a lo mejor te apetece escuchar otras cosas.

Supongo que te gustará saber que soy capaz de pasear por Atocha con gente nueva -y antigua- sin miedo a que aparezca ninguna sombra pasada. Que los sábados por la noche no bebo para olvidarme de tu pelo sino para reírme, un poco más, de la vida que toca vivir. Que perdoné a mis amigos y les dije uno de esos adioses que no son para siempre. Que grabé un programa de radio y conseguí una entrevista con la directora del Fondo de las Naciones Unidas para la mujer. Que llegué a Madrid sin ganas y fui capaz de sentarme en una mesa sin conocer a nadie y hablar con un tono de voz más chillón de lo habitual. Que en cada recaída, en cada noche a solas, en cada resaca y en cada lágrima me hice un poco más fuerte. Que ya no necesito liarme con cualquiera para sentirme querida y me pongo guapa los sábados por la noche pesando cinco kilos más. Que desayuno una tostada, medio sándwich, un vaso de zumo, un café y cereales. Y no pasa nada después. Que mandé a la mierda a quien no aportaba y fui creándome de tal manera que me gustaba. Que cumplí 18 años en muchos sentidos. Que, si escucho alguna canción que me recuerda a ti, sonrío pensando en lo lejano que me parece ahora todo. Que dejé que alguien especial con acento gallego me llevara al cine y, con miedos, me volví a enamorar. Y a empezar todo desde el principio. Que salgo a todas horas, estoy con mis amigas cada media y río cada cinco minutos (o menos). Que aconsejo a dejar de hablar con sus ex diciendo que ellos acabarán agradeciéndoselo. Como hago contigo. Que al final el tiempo hizo su trabajo, porque el tiempo siempre hace su trabajo y es mejor así. Que eres un recuerdo, pero de los bonitos. Que gracias.


Que ya no necesito ese cortado sin azúcar. Nunca más. 

5 de noviembre de 2013

'vas a muerte y nunca te cubres'

Ya es de noche y hace falta poner el radiador. Alguien dijo que Quique González era lo mejor para cuando querías ponerte nostálgica. Bah, menuda tontería, fui yo la que lo afirma en cada una de las páginas que jamás ven la luz. Lo que sí dicen es que cuando tomas algo con muchas ganas es más fácil que llegue a lo que se denomina desilusión. Que le den a las palabras, me niego a sentir eso. El artículo de antes no es perfecto, ni de los mejores y probablemente dentro de un tiempo esté más que archivado. En cuanto a éste…

Corea del Norte nunca tuvo voz, o por lo menos nunca en mi vida. Ya son muchos los que han escuchado de mis ojos brillantes el “tan sólo preguntar ¿por qué?” Aquel día no iba a ser distinto, pero en cierto modo, lo fue. En cierto modo, Corea iba a hablar.

Pero no lo hizo sino que soltó un discurso político que sabías que no era verdad. Ni siquiera se preocupó por mentir sino que esquivó de una manera especial los temas que no convenían, los que tú querías que fueran negados con algo más que palabras. (Y mira que me gustan las palabras). Corea del Norte se mostró machista, organizada y cabreada, sin el halo de misterio, magia e indecisión que te producen las cosas que no alcanzas a comprender del todo. Quizás él no lo sabía, pero su voz chillona, su pequeña estatura y su pelo de cazón era la única posibilidad que yo, con mis 18 años, mi periodismo y mi Madrid, tenía de oír a un país del que siempre quise escribir. No es rabieta de ‘jope, no es lo que yo creía’, es la sensación de escuchar lo que ya has leído con un tono infantil.

Supongo que tocará esperar a que termine de sonar Quique González para ponerlo mañana con mejor estado de ánimo, porque Quique siempre suena. Darme un tiempo y ver que esto no tiene por qué ser todo. Que mi jugador de baloncesto, mis ganas de viajar allí, mis libros y mi trabajo sobre el fútbol todavía pueden mantenerse en pie. Como la pesca del salmón en Yemen. Supongo, porque hoy, a las 20:03, llevo diez años más de desilusión en cada pata. Jodida palabra.


(Para Takeru y, sobre todo, para Yamato; porque seguiré buscando vuestra voz)

“EL MUNDO NO EXISTIRÁ SIN COREA”

La escasa relación internacional entre España y la República Popular Democrática de Corea se encuentra en su momento más álgido con la apertura de la embajada norcoreana en el distrito madrileño de Aravaca. A este tema se ha referido el delegado de relaciones culturales exteriores del país asiático,  Alejandro Cao de Benós, en su primera conferencia en la Universidad Complutense de Madrid. “Corea del Norte no se puede entender sin abrir la mente a la cultura asiática” ha repetido en numerosas ocasiones de su intervención esperando que la inauguración de la embajada agilice las relaciones diplomáticas “comenzadas por el presidente Aznar”.

Ante las acusaciones por parte de EEUU y los países occidentales de la tenencia de armas nucleares, Cao de Benós se justifica diciendo que “es la única arma que nos asegura que EEUU no intervenga con su política imperialista”. Afirma la voluntad del país de no comenzar ningún conflicto que podría desembocar en uno de carácter nuclear y recuerda que EEUU nunca firmó la paz de la guerra del Paralelo 38, lo que justificaría la mentalidad defensiva de su gobierno. Refiriéndose a esto, Cao de Benós argumenta que una soberanía es imposible de mantener si no se tiene un armamento sólido que la respalde ante amenazas externas.

En el caso de la RPD de Corea, nos encontramos con un país herméticamente cerrado del que es imposible conocer tanto su cultura y funcionamiento más allá de la que él denomina “propaganda occidental”. Según Cao de Benós, ese hermetismo es debido a los numerosos procesos imperialistas a los que se ha visto sometida por su situación geográfica. Lo que sí es cierto es que, tras la II Guerra Mundial, Corea quedó dividida en dos partes –una norte y una sur- bajo influencias políticas totalmente contrarias y hostiles entre sí. Una guerra entre ambas, con apoyo soviético y estadounidense respectivamente, dejó a la zona norte totalmente derruida y sin posibilidades. Esto se agudizó en la década de los 90 con una gravísima crisis económica. Corea respondió a ella defendiendo una idea, la del socialismo, que ya se había resquebrajado y con una “política de puertas cerradas”, según Cao de Benós “defensiva”, que no le permitió recuperarse.


El futuro pasa, tal y como afirma Cao de Benós, por la reunificación con el sur en una República Confederada en la que la parte norte “no va a renunciar” a sus principios y en la que “ningún país puede entrometerse”. Se muestra tranquilo, sosegado, apoyándose en que “el mundo no existirá sin Corea”. Pero ¿se habrá olvidado el mundo de esa Corea cuando no represente ninguna amenaza? Por ahora, el atisbo de esperanza se encuentra en algo tan pequeño pero que puede mover tanto como el fútbol. Se va a producir la inserción de doce chavales norcoreanos a la Fundación Marcet de Barcelona y quizás sean ellos los que animen a la gente a preguntarse, y a no olvidarse, sobre ese pequeño país perdido en el mapa. 

Marta Prego Nieto

3 de noviembre de 2013

Cartagena

Tu ciudad natal nunca había parecido tan pequeña, tan vacía…

hasta que recuerdas el Rockola, y lo bien que sonaba en los labios de aquel chaval de ojos azules y mirada esquiva que te prometía la luna en cada sueño y fumaba petas cada viernes. Viene hacia ti, en fragmentos, la primera Desperados, los tercios en los que podías gastarte tres euros porque era lo único que ibas a beber esa noche, la ronda de chupitos a las doce de la noche celebrando cumpleaños, las miles de Coca-Colas que tenías que pedirte -porque nunca existió tal carné dejado en el coche-  mientras mirabas con firmeza afirmando que ‘no, no me voy a largar’. La música, Extremoduro, Marea y algo de Fito perdido, bajita que permitía hablar: de sueños, de ilusiones y de aquellos “days we believed we could fly”.

hasta que avanzas después de cenar por la calle de los pijos –Jiménez de la Espada, mamá. Strada o el camarero al que le dejaste el número en una etiqueta de Estrella Levante con pintalabios rojo y que se acabó liando con tu mejor amigo. Kapitel o “¿dónde? ¿El que está al lado de Strada?”. El bar de los cubos o el que finalizaba cada examen de Historia de España, donde tu cabecita empezaba a dar vueltas con el quinto quinto, donde se hablaba mucho y reía más, el de las colecciones de chapas y las etiquetas arrancadas. Y entre cada uno de ellos los primeros cigarrillos a 30 céntimos, las palomitas de bolsa cuando el hambre no dejaba respirar, las vueltas a casa con ojos llorosos. Suena ‘Wish you were here’. Los “hostia, ¿qué tal?”, el acento gallego (mal)fingido y “perdona, es que no soy de aquí, ¿dónde me recomiendas ir?” mientras te reías porque tú sabías mejor que nadie el callejón donde tocarías el cielo.

hasta que la ruta avanza en tiempo y en lugar. Foto en la puerta del instituto, Calle del Carmen, Mayor y “joder, mierda, es esta calle”. Los bares que nunca podías pagar por lo que llegabas con cinco cervezas de más. La cuesta de la baronesa una Semana Santa y el Callejón del Mico en las Cruces de Mayo. Los cojines cucos y el sitio donde llevaste a la rana a la que disfrazaste de príncipe el pasado Septiembre del desamor. El puerto y los “¡vamos a buscar putas!”, la Sala Directo en la que te tuviste que dar cuenta que Diego ya era final, tres euros por tercio, y las luces de los faros borrosas por tu uno y medio de miopía con las gafas en casa.

…pero son sus calles, sucias y pequeñas, las que han conformado parte de lo que eres.


(Por las grupis que huyen de sexo y quieren jugar con las palabras)