Tu ciudad natal nunca había parecido tan pequeña, tan vacía…
hasta que recuerdas el Rockola, y lo bien que sonaba en los
labios de aquel chaval de ojos azules y mirada esquiva que te prometía la luna
en cada sueño y fumaba petas cada viernes. Viene hacia ti, en fragmentos, la
primera Desperados, los tercios en los que podías gastarte tres euros porque
era lo único que ibas a beber esa noche, la ronda de chupitos a las doce de la
noche celebrando cumpleaños, las miles de Coca-Colas que tenías que pedirte -porque
nunca existió tal carné dejado en el coche- mientras mirabas con firmeza afirmando que ‘no,
no me voy a largar’. La música, Extremoduro, Marea y algo de Fito perdido,
bajita que permitía hablar: de sueños, de ilusiones y de aquellos “days we
believed we could fly”.
hasta que avanzas después de cenar por la calle de los pijos
–Jiménez de la Espada, mamá. Strada o el camarero al que le dejaste el número
en una etiqueta de Estrella Levante con pintalabios rojo y que se acabó liando con
tu mejor amigo. Kapitel o “¿dónde? ¿El que está al lado de Strada?”. El bar de
los cubos o el que finalizaba cada examen de Historia de España, donde tu
cabecita empezaba a dar vueltas con el quinto quinto, donde se hablaba mucho y
reía más, el de las colecciones de chapas y las etiquetas arrancadas. Y entre
cada uno de ellos los primeros cigarrillos a 30 céntimos, las palomitas de
bolsa cuando el hambre no dejaba respirar, las vueltas a casa con ojos
llorosos. Suena ‘Wish you were here’. Los “hostia, ¿qué tal?”, el acento
gallego (mal)fingido y “perdona, es que no soy de aquí, ¿dónde me recomiendas
ir?” mientras te reías porque tú sabías mejor que nadie el callejón donde
tocarías el cielo.
hasta que la ruta avanza en tiempo y en lugar. Foto en la
puerta del instituto, Calle del Carmen, Mayor y “joder, mierda, es esta calle”.
Los bares que nunca podías pagar por lo que llegabas con cinco cervezas de más.
La cuesta de la baronesa una Semana Santa y el Callejón del Mico en las Cruces
de Mayo. Los cojines cucos y el sitio donde llevaste a la rana a la que
disfrazaste de príncipe el pasado Septiembre del desamor. El puerto y los “¡vamos
a buscar putas!”, la Sala Directo en la que te tuviste que dar cuenta que Diego
ya era final, tres euros por tercio, y las luces de los faros borrosas por tu
uno y medio de miopía con las gafas en casa.
…pero son sus calles, sucias y pequeñas, las que han
conformado parte de lo que eres.
(Por las grupis que huyen de sexo y quieren jugar con las
palabras)
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