pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.’
Yo hoy os vengo a hablar de Penélope que, si bien no gritaba mucho, observaba como la que más. Y hablaba, eso sí, sin parar. Penélope se fue dando cuenta de muchas cosas: de como todas las sirenas imitaban a la chica de la revista, de cómo los roles se asentaban -los centauros tenían que ser anchos de espaldas pero espigados y altos, mientras las sirenas ansiaban una 36 y llevaban el pelo largo y liso- y de cómo todo el mundo llamaba a la profe Circe de ‘malfollada’ a ‘solterona’. Pénelope aprendió que llevar el pelo corto y tener más de 35 años te hacía ser lesbiana, que si Ulises le rozaba con la mano el culo accidentalmente a Calipso ésta callaba, que los profesores tenían a la clase en silencio con su mirada mientras que las profesoras tenían que chillar para que esto ocurriera. Salvo Circe pero es que, según muchos, ‘no tenía nada mejor que hacer por las noches que preparar exámenes sorpresa’. También se dio cuenta, aunque esto no lo comentaba mucho, que su tutor de tercero puso a las sirenas en primera fila y a ella en la última. Y allí se tiró, con una miopía in crescendo, hasta que consiguió ‘convencerlo’ a base de dieces en los exámenes que ella, pese a no depilarse y llevar el pelo descuidado, también estaba interesada en la geografía. Acabaron llevándose bien, oye.
Así fue fueron avanzando los años para Pénelope hasta que se dijo a sí misma: ‘¿y por qué tomo como normal todo esto si yo me siento una extraña?’, descubrió las palabras patriarcado, sororidad y feminismo y dijo: “ala, a tomar por saco, os vais a enterar”. Y allá que se puso a proclamar la igualdad y a replantear – a sí misma y a los demás- lo que pasaba. Intentando enterrar sus complejos, sus problemas y buscándose a sí misma. Me dijeron hace poco que allá sigue la pobre. Aprendió a mirar a sus profesoras con otro ojo, con más respeto, a no callarse cuando le decían algo malo a alguna sirena que, simplemente, disfrutaba de su vida sexual. Descubrió lo bonito que era conocer su cuerpo y pasárselo teta con él. Enterró expresiones y comenzó a utilizar otras nuevas. Y cuando todo terminó es cuando comenzó su verdadero viaje. Hacia las Ítacas, aunque sigue sin tener ni puñetera idea de lo que se va a encontrar.
Cabe destacar que acabó escogiendo a Ulises como compañero porque éste se replanteo muchas cosas por ella y empezó a ver la vida de manera distinta. Hicieron un pacto, cuando alguno se cansara iría a una guerra que duraría diez años y tardaría otros diez en volver. Y eso es lo que nos contó Homero, cambiando un poco la versión ya que se calló que Pénelope no sólo tejía y que mientras Ulises se recorría medio mundo ella lo hizo con el otro medio. Ah, y que sus obras eran pancartas que decían cosas como ‘nosotras parimos, nosotras decidimos’ o ‘no puedo ser la mujer de tu vida porque ya lo soy de la mía’. Y que sí, pasaron veinte años y regresó Ulises, pero no se cargó a nadie así que menos lobos caperucito. Los pretendientes no eran sino mujeres y hombres que Pénelope había escogido para distintas etapas de su vida. Y que dio la casualidad que al final tanto él como ella descubrieron que querían terminar la vida juntos. Uno al lado del otro, ni delante ni detrás. Como decía Penélope cuando tenía 17 años.
@marta_451
(Ah, y que hay otras Penélopes –mucho más valientes- que, con hijos y dejando atrás a familia y amigos, acompañaron a Ulises en su viaje. Y que todavía se toman su tiempo para ayudar a otras más pequeñas a encontrarse asegurándoles que ‘la persona más maravillosa que van a conocer son ellas mismas’. Muchas gracias.)
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