19 de julio de 2013

You and me, babe, how about it?

Muchos creen que Amélie tiene una sonrisa especial, que es una chica poco recomendable y que es fácil enamorarse de ella. Por eso nunca fui fiel a Pereza, porque me mostraron a una Amélie que no era la que yo había visto, con la que yo había soñado y a la que me quería parecer.

Amélie tiene una sonrisa forzada a base de todos los momentos en los que le han dicho que sus dientes son feos. Sólo cuando nadie la ve, o cuando cree que nadie la está viendo, sonríe como ella sabe y muy pocas personas conocen ese gesto. (Tú sí). Amélie es camarera en un París en el que se habla un francés agudo y rápido. Así que ella habla (o intenta hacerlo) un idioma que ya no se estudia, que suena rancio y que no da futuro. Tiene fijación por las pequeñas cosas de la vida como meter la mano en un saco de legumbres o tirar piedras al Siena; también le gusta arrancar las etiquetas, explotar papel de burbujas y arrancarse los padrastros de los dedos pese a que la Cosmopolitan dice que no es bueno. Intenta comprender a su padre y echa de menos a su madre, o a lo que recordaba de ella. Es una chica totalmente recomendable, de las que cualquiera querría pero eso lo sabrá muy poca gente, porque si ves a Amélie un martes a mediodía no te quedarás mirándola, dejarás que la vida avance sin pensar ni un momento que quizás estás perdiendo algo. (A no ser de que ella decida entrar en tu vida sin preguntar si está molestando). No es fácil enamorarse de Amélie pero ella es muy enamoradiza. Sin embargo, han sido unas cuentas veces (muy pocas, ahora que lo reflexiono) en los que la cosa ha salido rana y Amélie “prefiere encerrarse en relaciones imaginarias en vez de crear lazos con la gente cercana” (quizás por eso se obsesionó tanto contigo). Por lo tanto o Pereza miente o yo entendí mal la película. Dejémoslo en empate. (Pero permíteme que hoy te hable de la mía).

Mi Amélie quiere ayudar a la gente a ser más feliz porque cree en las buenas personas, cree que la vida es un lugar lleno de oportunidades y hay que dejar huella, pero de la buena- de la que nadie se da cuenta pero a ti te hace ser más feliz. Así que decide intentar buscarle novio a su mejor amigo, pero no le sale. Quiere ayudar a su madre a recuperar los recuerdos de su infancia, pero se han perdido. Intenta leer el libro de un escritor poco conocido, pero no encuentra ninguna cita bonita que pintar en la pared. A Amélie no le salen bien sus intentos de mejorar como persona porque sigue siendo competitiva, sigue odiando a la gente que le hace daño y sigue queriendo tener la razón en todo. Y se desespera, preocupándose tanto por lo de fuera que quizás, al no mirar un poquito dentro de ella, le pase factura y la encierre en algo de lo que será mucho más difícil de lo que pensaba salir. Pero un buen día (un 6 de junio de 2012) mi Amélie se despierta, va a clase y vuelve a sentir una punzada en el estómago al ver a quien considera culpable de todos su males, después por la tarde (creo) que tiene clases de ese idioma tan rápido y tan veloz que a veces se le traba la lengua, no estoy segura pero me suena que toma prestada una película, cuyo nombre no diré por miedo a resultar repetitiva, para practicar un examen oral. Cuando ya es de noche mi Amélie se pone nerviosa a propósito viendo un partido de baloncesto porque así podrá olvidarse de todo lo que le rodea, aunque solo sea una horita, y decide encender el móvil y mirar su Twitter.

Como buena Amélie que es, se pasa un verano desarrollando esa relación ausente e imaginaria, pensando sin darse cuenta en ese misterioso chico a sabiendas de que es imposible que él, justo él, le haga daño. Fantasmea pensando en cómo serán sus abrazos, como sabrán sus labios y cómo saldrá a buscar el sobre de levadura para “el famoso bizcocho de nata y nueces de Amélie”. Y, sin saberlo, es feliz en esos momentos. No se da cuenta de que se está enamorando como nunca antes lo había hecho, si es que alguna vez le había pasado. A partir de ese momento descubre lo cómodo que es no afrontar los problemas de fuera, encerrarse en su burbuja y fantasear. Sobre todo eso. Sabe que esto no le va a traer ningún dolor, no le va a suponer ningún golpe y es feliz con ello, es feliz sabiendo que, pase lo que pase, no va a llorar. Hasta que vuelve a ver su película francesa favorita. Y vuelve a escuchar a la única persona que le puede hacer cambiar de opinión, el hombre de los huesos de cristal. Donde Amélie antes veía algo frágil y pequeñito con facilidad de desánimo encuentra ahora un esqueleto fuerte, capaz de soportar sin miedo todos los golpes de la vida. Deja de ser cobarde, y si bien no puede ayudar a su Nino a recuperar un álbum perdido de fotos, se propone su misión más importante: hacerlo sonreír, hacer que si él siente en algún momento que ‘nadie allá fuera va a entender a un tipo tan complicado’ piense que hay una pequeña Amélie desconocida que se está enamorando de él. (Y el resto de la historia la conocemos muy bien…)

Me dijeron que Amélie sigue viviendo en un cuadro. Que sigue siendo esa chica del vaso de cristal, “diferente”, que observa la vida con miedo y que parece ausente. Puede ser que todavía piense en Nino y en cómo se hicieron realidad los besos en los ojos, los abrazos y los soplidos en la oreja. Puede ser que cambiara, que dejara de odiar lo que le hace daño y que ya no sea tan intransigente. A lo mejor, sólo a lo mejor, echa de menos a Nino y le extrañe que le resultara más placentero crear lazos reales con él que una relación imaginaria. Todavía duda de si su esqueleto no es tan frágil como el material que sostiene su bebida y se preguntara si, costándole tanto esto, podrá superar los golpes de la vida. A veces se la oye murmurar su canción favorita, que dice algo como when you gonna realice it was just that the time was wrong..?.


(Gracias por hacer que esto no sea inventado sino real)

No hay comentarios:

Publicar un comentario