Muchos creen que Amélie tiene una sonrisa especial, que es
una chica poco recomendable y que es fácil enamorarse de ella. Por eso nunca
fui fiel a Pereza, porque me mostraron a una Amélie que no era la que yo había
visto, con la que yo había soñado y a la que me quería parecer.
Amélie tiene una sonrisa forzada
a base de todos los momentos en los que le han dicho que sus dientes son feos.
Sólo cuando nadie la ve, o cuando cree que nadie la está viendo, sonríe como
ella sabe y muy pocas personas conocen ese gesto. (Tú sí). Amélie es camarera
en un París en el que se habla un francés agudo y rápido. Así que ella habla (o
intenta hacerlo) un idioma que ya no se estudia, que suena rancio y que no da
futuro. Tiene fijación por las pequeñas cosas de la vida como meter la mano en
un saco de legumbres o tirar piedras al Siena; también le gusta arrancar las
etiquetas, explotar papel de burbujas y arrancarse los padrastros de los dedos
pese a que la Cosmopolitan dice que no es bueno. Intenta comprender a su padre
y echa de menos a su madre, o a lo que recordaba de ella. Es una chica
totalmente recomendable, de las que cualquiera querría pero eso lo sabrá muy
poca gente, porque si ves a Amélie un martes a mediodía no te quedarás mirándola,
dejarás que la vida avance sin pensar ni un momento que quizás estás perdiendo
algo. (A no ser de que ella decida entrar en tu vida sin preguntar si está
molestando). No es fácil enamorarse de Amélie pero ella es muy enamoradiza. Sin
embargo, han sido unas cuentas veces (muy pocas, ahora que lo reflexiono) en
los que la cosa ha salido rana y Amélie “prefiere encerrarse en relaciones
imaginarias en vez de crear lazos con la gente cercana” (quizás por eso se
obsesionó tanto contigo). Por lo tanto o Pereza miente o yo entendí mal la
película. Dejémoslo en empate. (Pero permíteme que hoy te hable de la mía).
Mi Amélie quiere ayudar a la
gente a ser más feliz porque cree en las buenas personas, cree que la vida es
un lugar lleno de oportunidades y hay que dejar huella, pero de la buena- de la
que nadie se da cuenta pero a ti te hace ser más feliz. Así que decide intentar
buscarle novio a su mejor amigo, pero no le sale. Quiere ayudar a su madre a
recuperar los recuerdos de su infancia, pero se han perdido. Intenta leer el
libro de un escritor poco conocido, pero no encuentra ninguna cita bonita que
pintar en la pared. A Amélie no le salen bien sus intentos de mejorar como
persona porque sigue siendo competitiva, sigue odiando a la gente que le hace
daño y sigue queriendo tener la razón en todo. Y se desespera, preocupándose
tanto por lo de fuera que quizás, al no mirar un poquito dentro de ella, le
pase factura y la encierre en algo de lo que será mucho más difícil de lo que
pensaba salir. Pero un buen día (un 6 de junio de 2012) mi Amélie se despierta,
va a clase y vuelve a sentir una punzada en el estómago al ver a quien
considera culpable de todos su males, después por la tarde (creo) que tiene
clases de ese idioma tan rápido y tan veloz que a veces se le traba la lengua,
no estoy segura pero me suena que toma prestada una película, cuyo nombre no
diré por miedo a resultar repetitiva, para practicar un examen oral. Cuando ya
es de noche mi Amélie se pone nerviosa a propósito viendo un partido de
baloncesto porque así podrá olvidarse de todo lo que le rodea, aunque solo sea
una horita, y decide encender el móvil y mirar su Twitter.
Como buena Amélie que es, se pasa
un verano desarrollando esa relación ausente e imaginaria, pensando sin darse
cuenta en ese misterioso chico a sabiendas de que es imposible que él, justo
él, le haga daño. Fantasmea pensando en cómo serán sus abrazos, como sabrán sus
labios y cómo saldrá a buscar el sobre de levadura para “el famoso bizcocho de
nata y nueces de Amélie”. Y, sin saberlo, es feliz en esos momentos. No se da
cuenta de que se está enamorando como nunca antes lo había hecho, si es que
alguna vez le había pasado. A partir de ese momento descubre lo cómodo que es
no afrontar los problemas de fuera, encerrarse en su burbuja y fantasear. Sobre
todo eso. Sabe que esto no le va a traer ningún dolor, no le va a suponer
ningún golpe y es feliz con ello, es feliz sabiendo que, pase lo que pase, no
va a llorar. Hasta que vuelve a ver su película francesa favorita. Y vuelve a
escuchar a la única persona que le puede hacer cambiar de opinión, el hombre de
los huesos de cristal. Donde Amélie antes veía algo frágil y pequeñito con
facilidad de desánimo encuentra ahora un esqueleto fuerte, capaz de soportar sin
miedo todos los golpes de la vida. Deja de ser cobarde, y si bien no puede
ayudar a su Nino a recuperar un álbum perdido de fotos, se propone su misión
más importante: hacerlo sonreír, hacer que si él siente en algún momento que
‘nadie allá fuera va a entender a un tipo tan complicado’ piense que hay una
pequeña Amélie desconocida que se está enamorando de él. (Y el resto de la
historia la conocemos muy bien…)
Me dijeron que Amélie sigue
viviendo en un cuadro. Que sigue siendo esa chica del vaso de cristal,
“diferente”, que observa la vida con miedo y que parece ausente. Puede ser que
todavía piense en Nino y en cómo se hicieron realidad los besos en los ojos,
los abrazos y los soplidos en la oreja. Puede ser que cambiara, que dejara de
odiar lo que le hace daño y que ya no sea tan intransigente. A lo mejor, sólo a
lo mejor, echa de menos a Nino y le extrañe que le resultara más placentero
crear lazos reales con él que una relación imaginaria. Todavía duda de si su
esqueleto no es tan frágil como el material que sostiene su bebida y se
preguntara si, costándole tanto esto, podrá superar los golpes de la vida. A
veces se la oye murmurar su canción favorita, que dice algo como when you gonna
realice it was just that the time was wrong..?.
(Gracias por hacer que esto no
sea inventado sino real)