De esto que escribes cosas, no las revisas-ni las piensas-y las publicas. Como montarse mil historia a raíz de un tenemos que hablar. Algo muy mío, la verdad...
La había visto, con la barbilla
alta, ese gesto tan altivo que alguna vez le había distinguido en sus primeras
citas. La había vuelto a oír con esa manera de hablar que te hacía creer lo que
estaba diciendo, que le hacía sonar seria. Aunque luego soltara una carcajada
entre medias y alguna palabra que él no conocía. Había vuelto a ver su pelo
claro por el sol, sus ojos tristes de perro spaniel -como tan bien había
subrayado en un libro que alguna vez le prestó- y sus labios. Aquellos que le
prometieron el cielo y el infierno, sabiendo que ya no había vuelta atrás, la
primera vez que los probó. Aunque luego sí hubo vuelta atrás…
Aprendió a olvidarla, y le dolió.
Le dolió que fuera tan fácil no cruzársela nunca más, el no haber sido capaz de
seguir con el inicio de una relación, acabarse cansando y tener que verla
llorar. Le dolió haberla visto convulsionarse porque perdía en parte su fuerza
y se veía algo pequeño. Le dolió darle la razón en silencio de lo que ella
tantas veces había premonizado: “alguna vez me romperás el corazón”. Es como si
en cada beso, en cada caricia, en cada suspiro ella lo tenía tan claro y por eso se agarraba a él con fuerza. Salvo cuando bajaba la cabeza y murmuraba cosas que nunca oyó pero que sonaban a “pero, por
favor, llévame la contraria, quédate siempre”. Pero le falló. Porque no fue capaz
o porque ella no era ella o porque cuando se lo volvió a plantear ya era muy
tarde.
Había seguido su vida a través de
fotos de reportajes, las suyas, y la ubicaba en donde ella siempre juró estar. “América
del Sur” con esa mirada de estudiante de periodismo de 18 años que todavía se
cree capaz de cambiar el mundo. Y él reía y sonreía y decía que “no, que ahí hace mucho
calor” porque tenía 20 años y era mucho más maduro. Pero al final, lo único que
pasó es que ella estaba en primera línea de fuego, con una cámara entre manos,
el moño descuidado y una pashmira sobre los hombres como sello. Y la mirada,
dura y desagradable, de una persona que nunca supo salir en las fotos. Y ahora
le tocaba reencontrarse con ella en la boda de la misma amiga que les presentó.
Lo había logrado todo, pero había
empezado a fumar. Sostenía el cigarro con fuerza y se lo llevaba a sus labios
pintados de rojo. Dejando su marca y mordiéndolo. Hablaba con todos y comentaba
anécdotas sabiéndose observada. Y, de vez en cuando, lo miraba. Y sonreía, de
una manera tan intensa que parecía que se le iba a salir de la cara. Como si de
verdad se alegrara de verle. Dos sonoros besos, un “¿qué tal todo?” y otro “perdona,
he visto a Antonio, voy a saludarle”. Lo suficiente para darse cuenta que era
la Gerda Tardo de aquel libro sobre Capa
que le había prestado entre lágrimas y que todavía guardaba, lleno de
anotaciones y de subrayados. “El jodido húngaro”.
Y también la había visto llorar,
en un escalón, intentando no estropear el maquillaje y con los tacones ya
tirados por el suelo. Con el moño completamente deshecho para mostrarle aquella
mirada, ya no dura y desagradable, que firmaban sus crónicas siempre llenas de rabia.
Y, esta vez, se sintió él pequeño. A sabiendas que no, que no era ella Tardo
sino Capa y que había sido él lo suficientemente cobarde para largarse y no
contestar a ese “te quiero”. Con ojos de perro spaniel, una fotografía y una
mueca disfrazada de sonrisa.
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