10 de enero de 2014

Na, na, na.


Llegué. Quizás con más miedos que experiencias, con más complejos que razones y con un corazón que gritaba en voz alta “no, otra vez no”. No me di tiempo para entender aquello de la memoria del corazón de García Márquez y todavía veía errores en vez de recuerdos. Llegué, con la peor de las predisposiciones y la mejor de las intenciones, pero lo hice. Y, acepté lo que ese “vale” significaba.

Intenté madurar contigo y, en parte y en poco tiempo, lo logré. Conseguí mirar más allá de mí, aceptar mis defectos y comprender mis virtudes. Desarrollé mi entusiasmo y le aplique dos gramos de esa locura nueva que inventé como coraza. Y que acabó gustándome tanto… Me lavé la cara y me puse colorete, porque los tres días de “dejar sentir la tristeza” ya habían durado suficiente. Miré al frente, como hacen las protagonistas de los libros de verano y sonreí, con ese gesto duro y desagradable de las personas que no sabemos salir en las fotos.

No me resulta difícil no echarme la culpa de que “esto”, fuera lo que fuera, significase lo que significase, terminara. Yo no tuve ese mal día, ni esa mala reacción en un principio. Tuve madurez, serenidad, palabras bonitas, sonrisas y los “tranquilo, amor”. Como si de verdad no fuera yo la que tenía 18 años. Pero me harté.

Me harté del no saber, de las dudas, del miedo a, de las malas contestaciones y los momentos de invisibilidad. De sentirme menos y de estar en las malas, pero nunca en las buenas… Convencida de que sí, me merezco más, me merecía más. Y todavía lo pienso.

Me propuse que estuvieras feliz, hacerte sentir bien. No puedo contestar si lo conseguí pero creo que hice un buen trabajo. Aunque para ti nunca fuera suficiente. Y tú te propusiste que me valorara mucho más y, fíjate, en el momento en el que has dejado de hacerlo he sabido salir corriendo.


Lo siento, siempre fui de las alumnas empollonas. Tenlo claro, tú nunca serás un mal recuerdo. 

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