Llegué. Quizás con más miedos que
experiencias, con más complejos que razones y con un corazón que gritaba en voz
alta “no, otra vez no”. No me di tiempo para entender aquello de la memoria del
corazón de García Márquez y todavía veía errores en vez de recuerdos. Llegué,
con la peor de las predisposiciones y la mejor de las intenciones, pero lo
hice. Y, acepté lo que ese “vale” significaba.
Intenté madurar contigo y, en
parte y en poco tiempo, lo logré. Conseguí mirar más allá de mí, aceptar mis
defectos y comprender mis virtudes. Desarrollé mi entusiasmo y le aplique dos
gramos de esa locura nueva que inventé como coraza. Y que acabó gustándome
tanto… Me lavé la cara y me puse colorete, porque los tres días de “dejar
sentir la tristeza” ya habían durado suficiente. Miré al frente, como hacen las
protagonistas de los libros de verano y sonreí, con ese gesto duro y
desagradable de las personas que no sabemos salir en las fotos.
No me resulta difícil no echarme
la culpa de que “esto”, fuera lo que fuera, significase lo que significase,
terminara. Yo no tuve ese mal día, ni esa mala reacción en un principio. Tuve
madurez, serenidad, palabras bonitas, sonrisas y los “tranquilo, amor”. Como si
de verdad no fuera yo la que tenía 18 años. Pero me harté.
Me harté del no saber, de las
dudas, del miedo a, de las malas contestaciones y los momentos de
invisibilidad. De sentirme menos y de estar en las malas, pero nunca en las
buenas… Convencida de que sí, me merezco más, me merecía más. Y todavía lo
pienso.
Me propuse que estuvieras feliz,
hacerte sentir bien. No puedo contestar si lo conseguí pero creo que hice un
buen trabajo. Aunque para ti nunca fuera suficiente. Y tú te propusiste que me valorara mucho más y, fíjate, en el momento en el que has dejado de hacerlo he
sabido salir corriendo.
Lo siento, siempre fui de las
alumnas empollonas. Tenlo claro, tú nunca serás un mal recuerdo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario