15 de septiembre de 2013

Tenía que escribirlo.

Me aterra la muerte y me parece estúpido presumir diciendo que no es algo para preocuparse porque “total, si ya estaremos muertos ¿para qué?”. Aunque entiendo que es el morir el que nos hace vivir y que todo ha de tener un final me sigue pareciendo una absoluta mierda, pero de las grandes. Punto uno, por mi incapacidad para aceptar que las cosas terminan y que la gente se va –y mira que debería estar más que acostumbrada a ello- y punto dos, porque me cabrea enormemente el que no vaya a ver los miles de descubrimientos futuros ni el fin del mundo. Sobre todo el fin del mundo.

Sólo ha habido una ocasión en la que la palabra muerte no ha ido unida a un escalofrío y un vuelco en mi destrozado estómago. No fue hace mucho y, sin embargo, creo que ya está todo lo cicatrizado que una herida causada por una muerte que se esperaba, de una mujer que ya había vivido lo suficiente y que, sinceramente, deseaba ese momento puede doler. Que no es poco. Esta muerte se relaciona con una señora que abrazaba muy fuerte, que andaba encorvada y que sonreía mucho no, muchísimo.

Mi abuela es una mujer que ha sufrido mucho y aún así siempre está contenta. Que perdió un padre en – y no por- la Guerra Civil pero no dejó que le arrebatara su niñez, que sufrió una posguerra diciendo que había tenido mucha suerte y que, como me comentó después, “ya he enterrado a toda la gente a la que podía hacerlo”. La historia de mi abuela ha sido siempre protagonizada por ella misma sin dejar que nadie lo hiciera en su lugar. Nunca ha sido la mujer de nadie pero sí la madre de cinco niñas y ahí se basaba su felicidad. ¿Algún problema en que la encontrara en sus amigas, sus cafés y sus hijas? Pero, a pesar de todo, sí hay una persona que ha sido testigo permanente de todas sus acciones, todos sus errores y sus escasos momentos de bajón. Y sigo ha sido, un pretérito simple asquerosamente acabado, porque esa persona ya no está entre nosotros. Si es que las personas que se van nos abandonan para siempre que, sinceramente, no creo.

Cuando vi que su ataúd se introducía bajo tierra decidí mirar al cielo que estaba inusualmente gris para ser un mes de Julio en un pueblecito del Campo de Cartagena. Caí en la cuenta entonces que mi abuela había estado muchas, muchas veces en ese mismo cementerio abrazándose a su prima y que ahora estaba siendo ella la que desaparecía. Y la muerte cogió otro significado para mí. La certeza de que una parte de mi abuela estaba siendo también enterrada: su infancia, su adolescencia, su madurez y su boda, las tardes de Domingo en familia y los momentos de ir al hospital.

“Su prima, su mejor amiga y su hermana”. Algo que yo nunca tendré, alguien que siempre ha estado a tu lado.


Toca ser fuerte abuela, pero de eso tú sabes mucho más que yo, y Paquita, Pepe está bien… y yo, convencida de que el mundo sin ti es un poco más triste. Pero bien, a fin de cuentas.

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