Del chico al que solía querer cuando tenía quince años juré que no me iba a desenamorar nunca. Creo que jamás tuve una conversación de más de veinte minutos con él aunque sé muy bien que todo su cuaderno de ejercicios de Francés de 3º de la E.S.O está copiado del mío, y muchas preguntas de exámenes de Química (con el desastre que era yo formulando). Cosas que tiene la vida. Todavía tiene mi cerebro asumido que cuando le veo por la calle tengo que hacerme la despistada y no saludarle porque no va a devolverlo si va con más gente. Pero hace tiempo que dejé de sentirme inferior a él y a todas las chicas que le rodean y ahora sólo me queda observarlo con esa mezcla de condescendencia, lástima y curiosidad que te producen los dolores que hace tiempo que dejaron de doler. Porque me desenamoré de él, o más bien nunca lo estuve.
El chico al que solía querer cuando tenía quince años parece que se ha quedado estancado en esa edad, o quizás es que yo soy incapaz de separarlo de aquellos años en los que no diseñaba un futuro en el que no estuviera él. Se ríe de una manera que no me gusta y, a riesgo de parecer superficial porque jamás me importaría eso, ha cogido algunos kilos de más. La mirada de niño sigue estando en su lugar y yo echo de menos ese cambio a algo más maduro que siempre he deseado en él. Contradicciones tiene una. Fuma mucho, o eso me dicen mientras niego con la cabeza y llega a mí esa preocupación que siempre va unida a alguien que te ha preocupado. Pero, mentalmente, me alegro. Porque no sólo lo superé sino me he dado cuenta que he acabado haciendo más cosas que él. Que cuando la adolescente con muchos muslos, muchos granos, un aparato horrible y pelo graso se transformó en una joven que viste con personalidad, que mira al frente sin apartar la mirada y que tiene un pelo de un color especial fue capaz de no olvidar a esa niña. Y echarla de menos, y vengarla muchas veces. Porque ya sabe que no soy ni mejor ni peor que él y sus novias sino que soy distinta y llevo muchos más libros a mi espalda (y, en voz baja, eso me hace un poco mejor).
Por el chico al que solía querer cuando tenía quince años solté muchas lágrimas. Más que por el chico al que quise cuando tuve dieciséis y muchas menos que por el chico del que me enamoré cuando tenía diecisiete años. Y dieciocho.
-¿Lo echas de menos?
-No, nada.
Y, supongo que hace falta, va por ti Miguel.