16 de septiembre de 2013

'the boy you used to love when you were 15'

Del chico al que solía querer cuando tenía quince años juré que no me iba a desenamorar nunca. Creo que jamás tuve una conversación de más de veinte minutos con él aunque sé muy bien que todo su cuaderno de ejercicios de Francés de 3º de la E.S.O está copiado del mío, y muchas preguntas de exámenes de Química (con el desastre que era yo formulando). Cosas que tiene la vida. Todavía tiene mi cerebro asumido que cuando le veo por la calle tengo que hacerme la despistada y no saludarle porque no va a devolverlo si va con más gente. Pero hace tiempo que dejé de sentirme inferior a él y a todas las chicas que le rodean y ahora sólo me queda observarlo con esa mezcla de condescendencia, lástima y curiosidad que te producen los dolores que hace tiempo que dejaron de doler. Porque me desenamoré de él, o más bien nunca lo estuve.

El chico al que solía querer cuando tenía quince años parece que se ha quedado estancado en esa edad, o quizás es que yo soy incapaz de separarlo de aquellos años en los que no diseñaba un futuro en el que no estuviera él. Se ríe de una manera que no me gusta y, a riesgo de parecer superficial porque jamás me importaría eso, ha cogido algunos kilos de más. La mirada de niño sigue estando en su lugar y yo echo de menos ese cambio a algo más maduro que siempre he deseado en él. Contradicciones tiene una. Fuma mucho, o eso me dicen mientras niego con la cabeza y llega a mí esa preocupación que siempre va unida a alguien que te ha preocupado. Pero, mentalmente, me alegro. Porque no sólo lo superé sino me he dado cuenta que he acabado haciendo más cosas que él. Que cuando la adolescente con muchos muslos, muchos granos, un aparato horrible y pelo graso se transformó en una joven que viste con personalidad, que mira al frente sin apartar la mirada y que tiene un pelo de un color especial fue capaz de no olvidar a esa niña. Y echarla de menos, y vengarla muchas veces. Porque ya sabe que no soy ni mejor ni peor que él y sus novias sino que soy distinta y llevo muchos más libros a mi espalda (y, en voz baja, eso me hace un poco mejor).

Por el chico al que solía querer cuando tenía quince años solté muchas lágrimas. Más que por el chico al que quise cuando tuve dieciséis y muchas menos que por el chico del que me enamoré cuando tenía diecisiete años. Y dieciocho.

-¿Lo echas de menos?
-No, nada.

Y, supongo que hace falta, va por ti Miguel.
 

15 de septiembre de 2013

Tenía que escribirlo.

Me aterra la muerte y me parece estúpido presumir diciendo que no es algo para preocuparse porque “total, si ya estaremos muertos ¿para qué?”. Aunque entiendo que es el morir el que nos hace vivir y que todo ha de tener un final me sigue pareciendo una absoluta mierda, pero de las grandes. Punto uno, por mi incapacidad para aceptar que las cosas terminan y que la gente se va –y mira que debería estar más que acostumbrada a ello- y punto dos, porque me cabrea enormemente el que no vaya a ver los miles de descubrimientos futuros ni el fin del mundo. Sobre todo el fin del mundo.

Sólo ha habido una ocasión en la que la palabra muerte no ha ido unida a un escalofrío y un vuelco en mi destrozado estómago. No fue hace mucho y, sin embargo, creo que ya está todo lo cicatrizado que una herida causada por una muerte que se esperaba, de una mujer que ya había vivido lo suficiente y que, sinceramente, deseaba ese momento puede doler. Que no es poco. Esta muerte se relaciona con una señora que abrazaba muy fuerte, que andaba encorvada y que sonreía mucho no, muchísimo.

Mi abuela es una mujer que ha sufrido mucho y aún así siempre está contenta. Que perdió un padre en – y no por- la Guerra Civil pero no dejó que le arrebatara su niñez, que sufrió una posguerra diciendo que había tenido mucha suerte y que, como me comentó después, “ya he enterrado a toda la gente a la que podía hacerlo”. La historia de mi abuela ha sido siempre protagonizada por ella misma sin dejar que nadie lo hiciera en su lugar. Nunca ha sido la mujer de nadie pero sí la madre de cinco niñas y ahí se basaba su felicidad. ¿Algún problema en que la encontrara en sus amigas, sus cafés y sus hijas? Pero, a pesar de todo, sí hay una persona que ha sido testigo permanente de todas sus acciones, todos sus errores y sus escasos momentos de bajón. Y sigo ha sido, un pretérito simple asquerosamente acabado, porque esa persona ya no está entre nosotros. Si es que las personas que se van nos abandonan para siempre que, sinceramente, no creo.

Cuando vi que su ataúd se introducía bajo tierra decidí mirar al cielo que estaba inusualmente gris para ser un mes de Julio en un pueblecito del Campo de Cartagena. Caí en la cuenta entonces que mi abuela había estado muchas, muchas veces en ese mismo cementerio abrazándose a su prima y que ahora estaba siendo ella la que desaparecía. Y la muerte cogió otro significado para mí. La certeza de que una parte de mi abuela estaba siendo también enterrada: su infancia, su adolescencia, su madurez y su boda, las tardes de Domingo en familia y los momentos de ir al hospital.

“Su prima, su mejor amiga y su hermana”. Algo que yo nunca tendré, alguien que siempre ha estado a tu lado.


Toca ser fuerte abuela, pero de eso tú sabes mucho más que yo, y Paquita, Pepe está bien… y yo, convencida de que el mundo sin ti es un poco más triste. Pero bien, a fin de cuentas.

10 de septiembre de 2013

Querida Marta:

Estás a diez días de cumplir los 18 años y tu vida es un completo desastre, o al menos eso te lo parece. Me gustaría mucho retroceder 32 años- pff, se dicen pronto- y simplemente darte un abrazo, que sé que mueres por uno de ellos, pero no puedo. A cambio si puedo darte cinco ideas, consejos de una mujer de 50 años que sabe tan poco de la vida. Estás enamorada ergo no me vas a hacer caso, lo sé. Yo tampoco hago caso a la gente que piensa por mi bien, créeme, soy tú. Pero bueno, quizás, conociéndote soy un poquillo capaz de hacerlo de tal manera que te toque. Y te prometo que van por orden de importancia, en serio.

1) NO TE PESES MÁS. Sé que cuesta, que ya no va a depender de ti y que no sabes si está bien o está mal desayunar un vaso de agua fresca o cenar una coca-cola mientras babeas viendo la pizza de Manoli. Me dirás que ya no depende de ti, que no puedes hacer nada, que estás perdida. Lo sé. Tú también sabes la solución, no tardes en afrontarla. ¿Que si cuesta? Muchísimo, pero lo acabé agradeciendo. Lo que dice Emma Thompson de que ‘a nadie le importa un rábano’ el peso es verdad y a quien le importe sabrás decirle adiós. Vas a ser más fuerte de lo que crees aunque te extrañe que ‘tú’ estés diciendo esto.
2) SIGUE ESCRIBIENDO. Aunque lo hagas mal, aunque te saltes acentos, y comas, y aunque ahora sólo seas capaz de hacerlo sobre ti misma. No te puedo decir si vas a acabar viviendo de eso o no pero, seamos sinceras, esa emoción con la que miras tu Facultad te hace muy feliz. Quédate con eso que al final es lo que cuenta. La felicidad, aún en pequeñas dosis, es lo que más vas a recordar cuando pase el tiempo. Sólo te digo que la vida da muchas vueltas, para bien y para mal. Imagina el resto, venga, que sé que te encanta.
3) Si quieres/necesitas un abrazo, LO PIDES. Con los años te darás cuenta lo cansado que es tener que adivinar lo que la gente a la que aprecias quiere. Es un pequeño tirón de orejas, te irá mejor.
4) Aunque no estés segura y tengas una sensación extraña HICISTE BIEN en llamar a David. Y a Lucía.
5) Lloras porque 'ya no te quiere' y piensas que nunca vas a encontrar a nadie como él. ES VERDAD. Lo he puesto en último lugar, no te puedo dar más pistas.

Estás enamorada, yo también. Pero de mí misma, de ti a fin de cuentas. Algún día lo entenderás y será la mejor experiencia de tu vida. Vuelvo a parafrasear a Emma Thompson (haz caso a su carta, te lo ruego): “Todos los demás errores que puedas cometer no valen su peso en gramos”.

Te quiere, Marta.

P.D: NO TIRES LOS OXFORDS AZULES. Algún día tu hija (sí, tu hija) te odiará por no poder heredarlos.

9 de septiembre de 2013

'Me sobran motivos, pero me faltas tú sobre la cama.'

(Quizás mi adicción a las canciones tristes, a las tazas de café y a los libros no me da buenos resultados. A lo mejor tendría que dejar de ser esto tan íntimo. O, puede ser, este dolor jamás acabará aunque lo intente. Ya no sé si vale la pena intentarlo, pero, hoy quiero hablar de mí. Para variar.)

Dijiste que te hacía gracia que buscara cualquier excusa para hablar contigo. A mí me hace gracia encontrarlas, todavía. A mí me resulta divertida la idea de pasarme la vida soñando y recordando, sin poder culparte ni odiarte porque cuando yo te dije 'jamás podría olvidarme de ti al cien por cien' lo decía en serio. Como siempre, defectos tiene uno.

Detesto que ya no pueda escuchar mis canciones favoritas porque apareces en todas. Que me hayas sustituido, tan pronto, y con algo mejor. Parecido, pero mejor. Que utilices lo que me decías a mí, y llorar. Detesto llorar, curioso ¿verdad?

Pero, lo que más duele, es la imagen que te he dado. El recuerdo que te dejo. Soy yo, lo siento. Estoy en mi peor momento, y has decidido irte. 'Te necesito'. Me fastidia, pero es así. ¿Lo peor? Que lo voy a seguir haciendo toda la vida. Claro que sé mis razones para curarme. Lee el título, no hay ganas. De nada.

Espero verte dentro de unos años, con diez kilos más y llena de sonrisas. Sé que no pasará porque lo más seguro es que no vuelva a ver tu cara. Curioso, que sea eso lo que más me jode. Aunque mi último recuerdo tuyo sea los ojos cerrados después de un beso y un 'nos veremos en Septiembre'. No contestaste, debí asustarme. Septiembre se acaba, como se acabarán todos los meses. Sin ti. Joder, como escuece, en serio.

Te echo de menos, aunque sé que lo sabes. Como que 'voy a conocer a mucha gente'. No son tú.

¿Dejemoslo en empate? Como quieras, pero siempre seré la perdedora de esta historia,

Para variar.