17 de mayo de 2013

Algo que vale la pena de verdad.


Siempre me han dicho que involucro de más a la gente en mi vida, que me abro mucho, que les doy el poder de cambiar cosas en mí,  que por eso soy una persona vulnerable. Y me lo creía. Hasta que llegaste tú. O, siendo justos, hasta que te obligué a llegar.

Me di cuenta que nunca me había abierto a nadie de verdad. Siempre había algo que ocultaba porque no me gustaba mi manera de ser, o al menos lo justificaba con eso. Contigo fui capaz de ser yo misma, desde la eme a la a, pasando por la otra a, la erre y la te. Descubrí que existía una Marta camota, alegre,  graciosa a ratos, histérica, espontánea y rara que siempre había escondido. Y me gustó esa Marta. No por ello dejé de mostrarte mi parte celosa, irascible, llena de complejos, aburrida, repelente y estúpida. Y la aceptaste, aumentando así mis ganas de cambiarla y te aseguro que seguimos intentándolo. Retomaste mis ganas de escribir, diciéndome lo que estaba mal para después asegurar que ‘si lo hago, es porque pienso que vales, sino pasaría.’ Y eso es la ayuda más grande que me han dado nunca. Me hiciste ver que tengo que luchar por lo que llevo queriendo ser desde que tenía ocho años. Me demostraste que no merece la pena fingir ser otra persona y, como ya te he dicho antes, me gusta más la Marta real que la inventada. Me ayudaste (y me ayudas) a afrontar mis problemas, y a dejar de odiar las cosas porque me hicieran daño. Me abrí tanto que te di el poder de destruirme, te enseñé todos mis puntos débiles y el lugar donde me muero de cosquillas si me rozas. Y de esas tres posibilidades, sólo cumpliste la última.

Pasaste a ser lo que siempre había buscado a ser lo que siempre había admirado. Tu manera objetiva de ver las cosas y, aunque sea muy difícil, de dar un paso para atrás e intentar verlo con perspectiva. Tu inconformismo y no darte nunca por vencido. Tus ganas de luchar, de ser siempre un poquito mejor, e intentar que el resto del mundo lo sea. Esa forma que tienes de no identificarte con ningún movimiento alegando que sólo defiendes lo que crees más adecuado. Tu espontaneidad, de la que intento aprender cada día, y eso que llamas egocentrismo pero no lo es. Tu risa, pero aprecio aún más, para ser sinceros, esa habilidad que tienes siempre de ponerme una sonrisa y hacer que me deshaga en carcajadas a pesar de que tres minutos años me sintiera la cosa más triste del mundo. Las veces que me llamas ingenua, aunque yo misma sé que vas a estar ahí siempre dispuesto a escuchar mis reivindicaciones sin sentido y mis ‘hay mucha gente buena en este mundo’. Que no te cansaras a las dos semanas. Pero, sobre todo, lo que más admiro de ti es esa capacidad que tienes de seguir enseñándome cosas nuevas cada día y el saber, a pesar de que me conoces mejor que nadie, que yo no llego a ver una tercera parte de todo lo maravilloso que eres. Y, mientras me dejes, tengo intención de seguir descubriéndolo.

Me propuse entrar en tu vida porque estaba harta de esperar y de no hacer nada para que arreglar mi situación. Y, al final, acabaste tú muy dentro de la mía y no la mejoraste precisamente a ella: me hiciste ser mejor persona a mí misma.

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