Siempre me han dicho que
involucro de más a la gente en mi vida, que me abro mucho, que les doy el poder
de cambiar cosas en mí, que por eso soy
una persona vulnerable. Y me lo creía. Hasta que llegaste tú. O, siendo justos,
hasta que te obligué a llegar.
Me di cuenta que nunca me había
abierto a nadie de verdad. Siempre había algo que ocultaba porque no me gustaba
mi manera de ser, o al menos lo justificaba con eso. Contigo fui capaz de ser
yo misma, desde la eme a la a, pasando por la otra a, la erre y la te. Descubrí
que existía una Marta camota, alegre,
graciosa a ratos, histérica, espontánea y rara que siempre había
escondido. Y me gustó esa Marta. No por ello dejé de mostrarte mi parte celosa,
irascible, llena de complejos, aburrida, repelente y estúpida. Y la aceptaste,
aumentando así mis ganas de cambiarla y te aseguro que seguimos intentándolo.
Retomaste mis ganas de escribir, diciéndome lo que estaba mal para después
asegurar que ‘si lo hago, es porque pienso que vales, sino pasaría.’ Y eso es
la ayuda más grande que me han dado nunca. Me hiciste ver que tengo que luchar
por lo que llevo queriendo ser desde que tenía ocho años. Me demostraste que no
merece la pena fingir ser otra persona y, como ya te he dicho antes, me gusta
más la Marta real que la inventada. Me ayudaste (y me ayudas) a afrontar mis
problemas, y a dejar de odiar las cosas porque me hicieran daño. Me abrí tanto
que te di el poder de destruirme, te enseñé todos mis puntos débiles y el lugar
donde me muero de cosquillas si me rozas. Y de esas tres posibilidades, sólo
cumpliste la última.
Pasaste a ser lo que siempre
había buscado a ser lo que siempre había admirado. Tu manera objetiva de ver
las cosas y, aunque sea muy difícil, de dar un paso para atrás e intentar verlo
con perspectiva. Tu inconformismo y no darte nunca por vencido. Tus ganas de
luchar, de ser siempre un poquito mejor, e intentar que el resto del mundo lo
sea. Esa forma que tienes de no identificarte con ningún movimiento alegando que
sólo defiendes lo que crees más adecuado. Tu espontaneidad, de la que intento
aprender cada día, y eso que llamas egocentrismo pero no lo es. Tu risa, pero
aprecio aún más, para ser sinceros, esa habilidad que tienes siempre de ponerme
una sonrisa y hacer que me deshaga en carcajadas a pesar de que tres minutos
años me sintiera la cosa más triste del mundo. Las veces que me llamas ingenua,
aunque yo misma sé que vas a estar ahí siempre dispuesto a escuchar mis reivindicaciones
sin sentido y mis ‘hay mucha gente buena en este mundo’. Que no te cansaras a
las dos semanas. Pero, sobre todo, lo que más admiro de ti es esa capacidad que
tienes de seguir enseñándome cosas nuevas cada día y el saber, a pesar de que
me conoces mejor que nadie, que yo no llego a ver una tercera parte de todo lo
maravilloso que eres. Y, mientras me dejes, tengo intención de seguir
descubriéndolo.
Me propuse entrar en tu vida
porque estaba harta de esperar y de no hacer nada para que arreglar mi
situación. Y, al final, acabaste tú muy dentro de la mía y no la mejoraste
precisamente a ella: me hiciste ser mejor persona a mí misma.
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