Te miras al espejo y no te gusta lo que ves. Y no haces como
en las películas de miedo y te tapas con el cojín más cercano sino que te
quedas parada. Observándote. Te sientes una extraña y en ocasiones dudas que
tengas ese envoltorio. No entiendes como no reconoces a la chica que te está
mirando desde el otro lado. “¿Soy así para el resto del mundo? ¿Tengo esta
nariz tan grande, estos ojos tan caídos, estos granos y esta frente? ¿Cuándo
alguien me mira ve esto?” Esto… colocas un género neutro y te apropias de él.
Nunca la gramática fue tan, perdonen la expresión, jodidamente exacta. Ese
género neutro representa a la perfección como te sientes. Nada.
Puede que pasen los meses y encuentres al ‘chico de tu vida’.
Que bailes dando círculos por tu cuarto, que te mires al espejo y ya no sea lo
mismo. Los dientes blancos, los ojos grandes y unas orejas bonitas. Cogerás
toda tu felicidad y harás que vaya unida a su nombre. Y a sus ojos verdes, y a
su sonrisa cuando esté contigo. Pero, a lo mejor, te sale rana. De los que no
son tan perfectos, de los que se van con una de tus mejores amigas y de los que
fingen no haber cruzado nunca ninguna palabra contigo. Llegaran las lágrimas y
dirás “estoy bien” tantas veces que se te olvidará el sentido de la frase. Y,
cuando estés a punto de superarle oirás la temida palabra. “Gorda”.
Mirarte al espejo ya no será tan problema como vivir
pendiente de una cifra, de dos para ser más exacta. Te sentirás incómoda cuando
sea 65 y rezarás para que baje diez números. Y lo conseguirás. Si se puede
llamar ‘conseguir’ a lo que vas a hacer para lograrlo. Pero lo harás; y, sin
darte cuenta, estarás dejando en el camino los helados de verano, las pizzas
con doble de queso, las comidas en el Burguer con tus amigas. Dejarás de comer
manzana porque te guste, lo harás porque adelgaza; y las cenas de verduritas a
la plancha pasarán a ser una obligación. Y, bueno, podemos considerarlo un
problema hasta que descubras que los dedos en una posición determinada dentro
de tu garganta son muchos más efectivos. Más rápido.
Dará igual que pase el tiempo, que vuelvas a sacar
sobresalientes y que conozcas a otra persona que, si bien no será el chico de
tu vida porque tanto él como tú tenéis una propia, no le importe el número que
pese la báscula. Ni tus ojeras, ni tus ojos marrones y caídos, ni tu pelo
alborotado. Dará igual que te identifiques con un movimiento que grita que ‘mujer,
ni libre ni sumisa, te quiero libre, linde y loca’ y que luches contra el ‘ideal
de belleza’ que nos quieren colocar. Siempre acabarás volviendo, con las
rodillas rojas y los ojos llorosos, a lo fácil. Lo rápido.
Nunca hice como en las películas de miedo y me tape la cara
con un cojín. Estuve muchísimo tiempo odiando mi pelo castaño, mis ojos
marrones y mis muslos. Todavía los odio. Quizás el cambio estuvo en darme
cuenta que cuando el resto del mundo me decía lo ‘guapa’ que estaba yo me sentía
un desastre por dentro. Y eso no se ve. Llegué a odiar ese adjetivo porque cada
vez que me lo decían me sentía más obligada a cumplirlo, a ser ‘guapa’. Y no
sirve para nada, créeme. No supera la emoción de ‘ey, leí el otro día un articulo
tuyo, no sabías que escribías tan bien’ de una chica de tu clase, o el ‘me ha
pasado lo mismo que lo que escribiste el otro día’ de una desconocida, o ‘no
estoy nada de acuerdo con lo que dices, pero que bien lo expresas, jodía’ de tu
amigo desde los ocho años. Cada vez que oigo el “gorda” o el “fea” pienso en
ello y me digo que da igual, aunque sea mentira y me deje igual de mal. Pero me
lo repito una y otra vez: “da igual, da igual, da igual, da igual” porque a lo
mejor alguna vez me hago caso y olvido esto. No lo sé si algún día sucederá ni
si tengo esa fuerza, siempre fui débil. Pero me conformo con mis cabreos cuando
me dicen guapa. Me conformo con mis “es que a ver, mamá, ¿qué significa? No es
algo que haya hecho yo, no me puedo sentir orgullosa de eso. No es justo que
sea lo único bonito que se nos ocurra para decir a una mujer. Valgo más.
Valemos más. ”
Me sigo mirando al espejo, y sigo viendo a la misma chica que
ves tú. Que ven todos. Con las mismas ojeras, los mismos dientes, los mismos
granos, con el mismo “fea”. Sólo que le aguanto la mirada y siempre acabo
respondiéndole, aunque hay días que tardó más de la cuenta: “¿y?”